miércoles, 2 de enero de 2019

PALABRA DE VIDA DE ENERO DE 2019.


«Justicia, solo justicia has de buscar» (Dt 16, 20).
El Libro del Deuteronomio se presenta como una serie de discursos pronunciados por Moisés al término de su vida. Este recuerda a las nuevas generaciones las leyes del Señor mientras contempla desde lejos la Tierra Prometida, hacia la cual ha guiado con valentía al pueblo de Israel.
En este libro se presenta la «ley» de Dios en primer lugar como la «palabra» de un Padre que se preocupa de todos sus hijos. Es un camino de vida que Él da a su pueblo para realizar un proyecto de Alianza. Si el pueblo la observa fielmente, por amor y gratitud más que por miedo a los castigos, seguirá disfrutando de la cercanía y la protección de Dios.
Uno de los modos de realizar concretamente esta Alianza, recibida como un regalo de Dios, consiste en perseguir con decisión la justicia. Quien es fiel la pone en práctica cuando recuerda con gratitud la elección que Dios ha hecho de su pueblo y evita adorar a cualquiera que no sea el Señor, pero también cuando rechaza beneficios personales que le ofuscan la conciencia ante las necesidades del pobre.
«Justicia, solo justicia has de buscan».
La experiencia cotidiana nos plantea muchas situaciones de injusticia, incluso graves, que afectan sobre todo a los más débiles, los que sobreviven al margen de nuestra sociedad. ¡Cuántos Caínes usan la violencia contra su hermano o su hermana!
Erradicar las desigualdades y los abusos es una exigencia de justicia fundamental, empezando por nuestro corazón y los lugares donde desarrollamos nuestra vida social.
Y sin embargo, Dios no lleva a cabo su justicia destruyendo a Caín, sino que se preocupa de protegerlo para que reanude el camino (cf. Gn 4, 8-16). La justicia de Dios consiste en dar nueva vida.
Los cristianos hemos conocido a Jesús. Con sus palabras y sus gestos, pero sobre todo con el don de la vida y la luz de la Resurrección, Él nos ha desvelado que la justicia de Dios es su amor infinito por todos sus hijos.
A través de Jesús se nos abre también a nosotros el camino para poner en práctica y difundir la misericordia y el perdón, que es también fundamento de la justicia social.
«Justicia, solo justicia has de buscar».
Este versículo de la Escritura ha sido elegido para celebrar la «Semana de oración por la unidad de los cristianos» de 2019, que en el hemisferio norte se celebra del 18 al 25 de enero. Si acogemos esta Palabra como se nos propone, podremos trabajar para buscar los caminos de la reconciliación, ante todo entre los cristianos. Luego, poniéndonos al servicio de todos, sanaremos eficazmente las heridas de la injusticia.
Así lo experimentan desde hace años cristianos de distintas Iglesias que se dedican conjuntamente a los presos de la ciudad de Palermo (Italia). La iniciativa partió de Salvatore, miembro de una asociación evangélica: «Me di cuenta de las necesidades espirituales y humanas de estos hermanos nuestros. Muchos de ellos no tenían familiares que pudiesen ayudarlas. Se lo confié a Dios y lo hablé con muchos hermanos de mi Iglesia y de otras Iglesias». Añade Christine, de la Iglesia anglicana: «Poder ayudar a estos hermanos necesitados nos da alegría porque hace efectiva la providencia de Dios, que quiere que su Amor llegue a todos a través de nosotros», Y Nunzia, católica: «Nos ha parecido una ocasión tanto para ayudar a estos hermanos necesitados como para contribuir a anunciar a Jesús incluso mediante las pequeñas cosas materiales».
Es un modo de realizar lo que expresó Chiara Lubich en 1998 en la iglesia evangélica de Santa Ana, en Augsburgo, durante un encuentro ecuménico:
«[...] Si los cristianos echamos un vistazo a nuestra historia [...], no podemos dejar de sentir dolor al darnos cuenta de que esta ha consistido en muchos casos en un sucederse de incomprensiones, disputas y luchas. Ciertamente, por culpa de circunstancias históricas, culturales, políticas, geográficas y sociales..., pero también porque ha faltado entre los cristianos su elemento unificador característico: el amor.»
«Un trabajo ecuménico será fecundo de verdad en la medida en que quienes se dedican a él vean en Cristo crucificado y abandonado que se vuelve a abandonar en el Padre, la clave para entender cualquier falta de unidad y para recomponerla. [...] Y la unidad vivida tiene un efecto [...]. Se trata de la presencia de Jesús entre varias personas, en la comunidad. "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre -dijo Jesús-, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). Jesús entre un católico y un evangélico que se aman, entre anglicanos y ortodoxos, entre una armenia y una reformada que se aman. ¡Cuánta paz ya desde ahora, cuánta luz para un camino ecuménico recto!»,
LETIZIA MAGRI

sábado, 1 de diciembre de 2018

PALABRA DE VIDA DE DICIEMBRE DE 2018.


«Estad siempre alegres en el Señor» (Flp 4, 4).
El apóstol Pablo escribe a la comunidad de la ciudad de Filipo cuando él mismo es objeto de una persecución que lo pone en grave dificultad. Y sin embargo, a estos queridos amigos suyos él les aconseja -es más, casi les ordena- que estén «siempre alegres».
Pero ¿se puede dar semejante mandato? Si miramos a nuestro alrededor, no es fácil encontrar motivos de serenidad, ¡y mucho menos de alegría!
Ante las preocupaciones de la vida, las injusticias de la sociedad y las tensiones entre pueblos, es ya un gran esfuerzo no dejarnos llevar por el desánimo, darnos por vencidos y replegarnos en nosotros mismos.
Pero Pablo nos invita también a nosotros:
«Estad siempre alegres en el Señor».
¿Cuál es su secreto?
«[...] hay una razón por la que, a pesar de todas las dificultades, debemos estar siempre en la alegría. La vida cristiana tomada en serio es la que nos lleva a ello. Esta hace que Jesús viva plenamente dentro de nosotros, y con Él no podemos no estar en la alegría. Él es la fuente de la verdadera alegría, porque da sentido a nuestra vida, nos guía con su luz, nos libera de todo temor, tanto respecto al pasado como en relación con lo que nos espera; nos da la fuerza para superar todas las dificultades, tentaciones y pruebas que podamos encontrar».
La alegría del cristiano no radica en el puro optimismo, en la seguridad del bienestar material ni en la alegría de ser joven y tener salud; más bien es fruto del encuentro personal con Dios en lo profundo del corazón.
«Estad siempre alegres en el Señor».
Esta alegría, sigue diciendo Pablo, nos hace capaces de acoger a los demás con cordialidad, nos dispone a dedicar tiempo a quienes están a nuestro alrededor (cf. Flp 4, 5).
Es más, en otra ocasión Pablo repite con fuerza este dicho de Jesús: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hch 20, 35).
De la compañía de Jesús brota también la paz del corazón, la única que puede contagiar a las personas de alrededor con su fuerza desarmada.
En Siria, a pesar de los graves peligros y estrecheces de la guerra, un numeroso grupo de jóvenes se reunió recientemente para compartir sus experiencias de vivir el Evangelio y experimentar la alegría del amor mutuo; de allí marcharon luego decididos a dar testimonio de que es posible la fraternidad.
Nos escriben algunos participantes: «Se suceden relatos de historias de amargo dolor y esperanza, de fe heroica en el amor de Dios. Unos lo han perdido todo y ahora viven con su familia en un campo de refugiados; otros han visto morir a sus seres queridos [...]. Es fuerte en estos jóvenes el compromiso de generar vida a su alrededor: organizan festivales por las calles implicando a miles de personas, reconstruyen en el centro de un pueblecito una escuela y un jardín que nunca se terminaron a causa de la guerra; ofrecen apoyo a decenas de familias de refugiados [...]. Vuelven a aflorar en el corazón las palabras de Chiara Lubich: "La alegría del cristiano es como un rayo de sol que brilla a través de una lágrima, una rosa florecida en una mancha de sangre, esencia de amor destilada del dolor [...] por eso tiene la fuerza apostólica de un retazo del Paraíso”. En nuestros hermanos y hermanas de Siria encontramos la fortaleza de los primeros cristianos, que en esta tremenda guerra testimonian su confianza y esperanza en Dios Amor y la transmiten a sus compañeros de viaje. ¡Gracias, Siria, por esta lección de cristianismo vivo!»,

LETIZIA MAGRI 

jueves, 1 de noviembre de 2018

PALABRA DE VIDA DE NOVIEMBRE DE 2018.


«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20).
¿Cuántas veces oímos llamar a nuestra puerta? Puede ser el cartero, el vecino o un amigo de nuestro hijo, pero también un desconocido… ¿Qué querrá? ¿Será prudente abrir y dejar entrar en casa a alguien que no conocemos bien?
Esta Palabra de Dios, sacada del libro del Apocalipsis, nos invita a acoger a un huésped inesperado.
El autor de este libro tan instructivo para los cristianos habla aquí a la antigua Iglesia de Laodicea en nombre del Señor Jesús, muerto y resucitado por amor a toda criatura humana.
Habla con la autoridad que emana de este amor; alaba, corrige, invita a acoger la ayuda potente que el Señor mismo se prepara a ofrecer a esta comunidad de creyentes, siempre que estén disponibles a reconocer su voz y «abrirle la puerta».
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo».
Hoy como entonces, se invita a toda la comunidad cristiana a superar miedos, divisiones y falsas certezas para acoger la venida de Jesús. Él se presenta cada día con distintos «atuendos»: los sufrimientos cotidianos, las dificultades que implica el ser coherente, los retos que nos plantean las opciones importantes de la vida, pero sobre todo el rostro del hermano o de la hermana que se cruzan en nuestro camino.
Es también una invitación personal a «pararnos» con Jesús en un rato de intimidad, como con un amigo, en el silencio del atardecer, sentados a la misma mesa: el momento más propicio para un diálogo que requiere escucha y apertura. Acallar los ruidos es la condición para reconocer y oír su voz, su Espíritu, el único capaz de desbloquear nuestros miedos y hacer que abramos la puerta del corazón.
Chiara Lubich cuenta una experiencia suya: «Hay que hacer que todo calle en nosotros para descubrir en nuestro interior la Voz del Espíritu. Y hay que extraer esta Voz como se saca un diamante del fango: pulirla, exponerla y ofrecerla en el momento oportuno, porque es amor, y el amor hay que darlo: es como el fuego que, en contacto con paja y otras cosas, arde; de lo contrario se apaga. El amor debe crecer en nosotros y propagarse».
Dice el papa Francisco: «El Espíritu Santo es un don. […] Entra en nosotros y hace fructificar para que podamos darlo a los demás. […] Es propio del Espíritu Santo, por tanto, descentrarse de nuestro yo para abrirse al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: nosotros somos un instrumento de ese don para los demás».
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo».
Por el amor recíproco propio del Evangelio, los cristianos, como Él y con Él, pueden ser testigos, también en nuestros días, de esta presencia de Dios en los avatares de la historia.
En pleno flujo migratorio en zonas fronterizas, hay quienes oyen llamar a su puerta. Delia nos cuenta: «Un caluroso domingo por la tarde vi sentadas en la acera delante de mi bar a un grupo de madres con sus hijos llorando de hambre. Las invité a entrar y les expliqué que iba a dar de comer gratis a los niños. Las madres sentían vergüenza porque no tenían dinero, pero insistí y aceptaron. Se corrió la voz, y hoy se ha convertido en el bar de los migrantes, musulmanes en su mayoría. Muchos me llaman «Mamá África». Mi clientela de antes se ha ido perdiendo poco a poco, así que la zona dedicada a que jugasen los ancianos se ha convertido en la sala de los niños, donde pueden pintar y jugar, con un pequeño cambiador para mudar a los recién nacidos y aliviar un poco a las madres; o también se transforma en clase para enseñar italiano. Lo mío no ha sido una opción, sino la exigencia de no mirar para otro lado. Gracias a los migrantes he conocido a muchas personas y asociaciones que me financian y me ayudan a seguir adelante. Si me viese ahora en las mismas, volvería a hacerlo. ¡A mí lo que me importa es dar!».
Todos estamos invitados a acoger al Señor que llama, para salir junto con Él al encuentro de quienes tenemos cerca.
Será el Señor mismo quien se abra paso en nuestra vida con su presencia.
LETIZIA MAGRI

miércoles, 31 de octubre de 2018

INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN EN LA CATEDRAL DEDICADA A LOS MÁRTIRES DE LA ALPUJARRA.


Comenzará con la Eucaristía a las 11 horas, en el templo catedralicio.
Dentro de unas semanas, se conmemora el 450 aniversario del levantamiento de los moriscos que en pocos días produjo cientos de martirios de sacerdotes, religiosos y laicos en la Alpujarra, con la destrucción de templos, imágenes y objeto de culto.
Por ello, la Comisión diocesana de los mártires de la Alpujarra y el Cabildo Catedralicio han organizado una exposición dedicada a los mártires de la Alpujarra, que se inaugura mañana jueves, Solemnidad de Todos los Santos, con la Eucaristía a las 11 horas.
La exposición podrá visitarse hasta el 26 de diciembre, fiesta litúrgica del protomártir San Esteban. Ese día concluirá con la Eucaristía a las 19 horas.
La muestra podrá verse durante la visita cultural en la Catedral y en grupos organizados por parroquias, movimientos apostólicos, colegios y asociaciones, y grupos cristianos concertando previamente una cita en la Curia Metropolitana (tfno. 958-21-63-23). Hay posibilidad también de realizar visitas guiadas por grupos, previa inscripción en la Curia Metropolitana (Plaza Alonso Cano). En ese caso, se les señalará día y hora para realizar la visita y se les facilitará la entrada para la exposición.
Hasta su clausura, durante el mes de noviembre, la exposición irá acompañada de una serie de conferencias, que tendrán lugar en el Centro Cultural Nuevo Inicio, a las 19:30 horas, con distintos temas en torno a los mártires de la Alpujarra: “La Iglesia y el Reino de Granada en torno a la rebelión de los moriscos”, “Martirios en la Alpujarra en la Navidad de 1568” y “Teología del martirio”.
FUENTE NOTICIAS DE LA ARCHIDIOCESIS
Miércoles 31 de octubre de

miércoles, 3 de octubre de 2018

PALABRA DE VIDA DE OCTUBRE DE 2018.


«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».  (Ga 5, 18).
El apóstol Pablo escribe una carta a los cristianos de Galacia, una región en el centro de la actual Turquía que él mismo había evangelizado y a la que tiene mucho afecto. Algunos de esta comunidad sostenían que los cristianos debían observar las prescripciones de la ley de Moisés para ser gratos a Dios y alcanzar la salvación.
Pero Pablo afirma más bien que ya no estamos «bajo la ley», porque, con su muerte y resurrección, el propio Jesús, Hijo de Dios y Salvador de la humanidad, se ha convertido para todos en Camino hacia el Padre. La fe en Él abre nuestro corazón a la acción del Espíritu de Dios, que nos guía y nos acompaña por los caminos de la vida.
Es decir, según Pablo no se trata de «no observar la ley», sino más bien de llevarla a su raíz última y más exigente dejándonos guiar por el Espíritu. De hecho, unas líneas más arriba, Pablo escribe: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5, 14).
En efecto, en el amor cristiano a Dios y al prójimo encontramos la libertad y la responsabilidad de los hijos: a ejemplo de Jesús, estamos llamados a amar a todos, a ser los primeros en amar y a amar al otro como a nosotros mismos, incluso a quienes percibimos como enemigos.
«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».
El amor que procede de Dios nos empuja a ser personas responsables en la familia, en el trabajo y dondequiera que nos movamos. Estamos llamados a construir relaciones de paz, de justicia y legalidad.
La ley del amor es el fundamento más sólido de nuestro ser social, como cuenta María: «Doy clases en la periferia de París, en una zona desfavorecida y con una población escolar multicultural. Llevo a cabo proyectos interdisciplinares para trabajar en equipo, vivir la fraternidad entre los compañeros y así ser creíbles cuando proponemos este modelo a los alumnos. He aprendido a no esperar resultados inmediatos, incluso cuando un chaval no cambia. Lo importante es seguir creyendo en él y acompañarlo, valorándolo y gratificándolo. A veces me parece que no consigo cambiar nada, y otras veces, en cambio, tengo la prueba tangible de que las relaciones que hemos construido dan fruto, como sucedió con una alumna mía que durante las clases no participaba de modo constructivo. Le expliqué con calma y firmeza que, para vivir en armonía, cada cual debe hacer su parte. Y entonces me escribió: "Pido disculpas por mi comportamiento, no volverá a suceder. Sé que usted se espera de nosotros acciones concretas y no palabras, y quiero comprometerme a hacerlo. Usted es una persona que nos transmite a los alumnos valores justos y ganas de superarnos"».
«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».
Vivir en el amor no es un simple fruto de nuestros esfuerzos. El Espíritu que se nos ha dado -y que podemos seguir pidiendo- es el que nos da la fuerza para ser cada vez más libres de la esclavitud del egoísmo y vivir en el amor.
Escribe Chiara Lubich: «Es el amor el que nos mueve, el que nos sugiere cómo responder a las situaciones y opciones que estamos llamados a vivir. El amor nos enseña a distinguir: esto está bien: lo hago; esto está mal: no lo hago. El amor nos mueve a actuar procurando el bien del otro. No somos guiados desde fuera, sino por ese principio de vida nueva que el Espíritu ha puesto dentro de nosotros. Fuerzas, corazón, mente y todas nuestras capacidades pueden "caminar según el Espíritu" porque están unificados por el amor y puestos a completa disposición del proyecto de Dios sobre nosotros y sobre la sociedad. Somos libres de amar».
LETIZIA MAGRI

sábado, 1 de septiembre de 2018

PALABRA DE VIDA DE SEPTIEMBRE DE 2018.


«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas» (St 1,21).
La Palabra de este mes procede de un texto atribuido a Santiago -figura de relieve en la Iglesia de Jerusalén-, el cual recomienda al cristiano la coherencia entre el creer y el actuar.
En el comienzo del versículo se subraya una condición esencial: «desechar toda abundancia de mal» para recibir la Palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y de ese modo caminar hacia la plena realización de la vocación cristiana.
La Palabra de Dios tiene una fuerza muy peculiar: es creadora, produce frutos buenos en la persona y en la comunidad, construye relaciones de amor entre cada uno de nosotros y Dios y entre las personas. y, según dice Santiago, ya ha sido «sembrada» en nosotros.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas».
¿Cómo es posible? Ciertamente, porque Dios pronunció ya en la creación una Palabra definitiva: el hombre es «imagen» de Él. De hecho cada criatura humana es el «tú» de Dios, llamado a la existencia para compartir la vida de amor y comunión de Dios. Pero, para los cristianos, es el sacramento del bautismo el que nos introduce en Cristo, Palabra de Dios que ha entrado en la historia humana.
Así pues, en cada persona Él ha depositado la semilla de su Palabra, la cual llama a la persona al bien, a la justicia, a la donación y a la comunión. Esta semilla, acogida y cultivada con amor en nuestra «tierra», es capaz de producir vida y frutos.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»,
Un lugar claro donde Dios nos habla es la Biblia, que para los cristianos culmina en los Evangelios. Es preciso acoger su Palabra en la lectura amorosa de la Escritura; y si la vivimos, podemos ver sus frutos.
También podemos escuchar a Dios en lo profundo de nuestro corazón, donde con frecuencia sentimos la injerencia de muchas «voces» y «palabras»: eslóganes y ofertas de opciones y modelos de vida, o también preocupaciones y miedos... ¿Cómo reconocer la Palabra de Dios y hacerle espacio para que viva en nosotros?
Hace falta desarmar el corazón y «rendirnos» a la invitación de Dios de ponernos a escuchar con libertad y valentía su voz, que suele ser la más sutil y discreta. Y esta nos insta a salir de nosotros mismos y aventurarnos por los caminos del diálogo y del encuentro con Él y con los demás, nos invita a colaborar para hacer una humanidad más bella, en la que todos nos reconozcamos cada vez más hermanos.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»,
En realidad la Palabra de Dios puede transformar nuestra vida cotidiana en una historia que nos libera de la oscuridad del mal personal y social, pero pide nuestra adhesión personal y consciente, aunque sea imperfecta, frágil y siempre en camino.
Nuestros sentimientos y nuestros pensamientos se parecerán cada vez más a los del propio Jesús, nuestra fe y nuestra esperanza en el Amor de Dios saldrán reforzadas, a la vez que nuestros ojos y brazos se abrirán a las necesidades de los hermanos.
Así lo sugería Chiara Lubich en 1992: «En Jesús veíamos una profunda unidad entre el amor que Él tenía por el Padre celestial y el amor a sus hermanos los hombres. Había una coherencia extrema entre sus palabras y su vida. Y esto fascinaba y atraía a todos. Así debemos ser también nosotros. Debemos acoger con la sencillez de los niños las palabras de Jesús y ponerlas en práctica con la pureza y luminosidad que tienen, con su fuerza y radicalidad, para ser discípulos como Él quiere, es decir, discípulos iguales a su Maestro: otros tantos Jesús dispersos por el mundo. ¿Podemos vivir una aventura más grande y más hermosa?».
LETIZIA MAGRI