«¡Ánimo!: yo he vencido al
mundo» (Jn 16, 33)
Admitámoslo:
en el panorama histórico en que vivimos y del que recibimos noticias cada día
más alarmantes, esta Palabra nos parece casi desentonada. En efecto, todo nos
lleva a desanimarnos, atrapados entre la inseguridad de situaciones que nos
superan y expectativas de rendimiento que nos condicionan.
El
Evangelio de Juan nos habla precisamente en un marco similar, con los apóstoles
en torno a Jesús durante la última cena. En esta escena se suceden
dramáticamente la fraternidad y la traición, la entrega personal y la oscuridad
del mal. Jesús hace un último discurso para prepararlos a la prueba de la
pasión, pero les asegura que volverá. ÉI mismo los pone en guardia: en el mundo
podrán verse devastados por tormentas y desilusiones, pero en Él siempre
encontrarán paz y vida plena. Sus palabras son una promesa que da esperanza:
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Si las
circunstancias externas y nuestras debilidades nos provocan miedo y
sufrimiento, Jesús nos invita a confiarnos a Él, a reconocer también hoy los
signos de su presencia en nuestra vida, para tener una mirada nueva sobre la
realidad.
Escribe
Chiara Lubich: «Si hay una realidad misteriosa en nuestra vida es el dolor. [...]
Y en muchos casos, quienes tenemos al lado y nos quieren son incapaces de ayudarnos
a resolverlo; sin embargo, basta con que alguien lo comparta con nosotros,
incluso en silencio. Así lo hizo Jesús: se acercó a cada hombre y a cada mujer,
hasta compartir todo lo nuestro. Más aún: cargó con todos nuestros dolores y se
hizo dolor con nosotros, hasta gritar: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me
has abandonado?" (Mt 27, 46). [...] Cada dolor físico, moral o espiritual
me recuerda a Él, es una presencia suya, un rostro suyo. Puedo decir: "En
este dolor te amo a ti, Jesús abandonado. Eres tú quien viene a visitarme y
hace suyo mi dolor. ¡Y por eso te quiero, te abrazo!".
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Si
además estamos atentos a amar, a responder a su gracia, a querer lo que Dios
quiere de nosotros en el momento siguiente, a vivir nuestra vida por ÉI,
experimentamos que, en la mayoría de los casos, el dolor desaparece. Y es así
porque amar atrae los dones del Espíritu: alegría, luz, paz»[1].
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Incluso
en los momentos de oscuridad, dejemos que sea Él mismo en nosotros quien venza
al mal con el bien, quien supere la tentación de cerrar el corazón, quien se
haga prójimo de los hermanos y les sirva con amor, tanto en las pequeñas
acciones cotidianas como en el compromiso social a favor del bien común.
También
el amor recíproco en la comunidad da testimonio de la cercanía del Señor y nos
alienta. Es la experiencia del joven Javier, de la República Dominicana:
«Estaba
visitando a mi primo y decidí trepar a un muro del patio, pero se me vino abajo
y me aplastó la pierna derecha. En el hospital, les dije a mis padres que no
podía soportar el dolor. Mi padre me dijo con delicadeza: «Es como compartir el
sufrimiento de Jesús: intenta abrazarlo». Cuando me desperté, me di cuenta de
que mi pierna ya no estaba. Al principio lloré mucho, pero poco a poco sentí
una calma interior y confié en que Dios tendría un plan para mí. Gracias al
amor y al apoyo de los jóvenes de nuestra comunidad y de otras personas de todo
el mundo, ahora tengo una prótesis provisional, y dentro de unos meses tendré
una permanente. La vida en casa ha ido volviendo a la normalidad. Ayudo en las
tareas domésticas, estoy cerca de mi familia y he podido incluso terminar las
clases con muy buenas notas. Todos, mi familia, mis amigos y el personal del
hospital se han quedado impactados de la calma y de la actitud positiva que he
procurado mantener».
Letizia Magri y el equipo de la Palabra de
Vida
[1] C. Lubich, Palabra de vida de marzo de 2005: Palabras
de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), próxima edición.




