«Engrandece mi alma al Señor» (Lc
1, 46).
En el
primer capítulo de su Evangelio, Lucas nos ofrece la única página del Nuevo
Testamento en que las protagonistas son dos mujeres, María e Isabel.
Isabel
vivía cerca de Jerusalén, a unos 150 km de distancia de Nazaret. María emprende
este largo viaje nada más recibir el anuncio del ángel de que iba a ser la
madre de Jesús (Lc 1, 26-38). No conocemos los detalles de la travesía, solo
que se dirigió con prontitud a la región montañosa. Pero ¿por qué se dirige
allá?
María va
para comunicar esta alegría a quien, como ella, había recibido de Dios la
gracia de esperar un hijo, y para estar a su lado y ayudarla en los últimos
meses de embarazo. Es la historia de dos maternidades imposibles. ¿Quién mejor
que ella podía entenderla y compartir esta experiencia? De este encuentro brota
el Magníficat.
«Engrandece mi alma al Señor».
«Estas
palabras brotan de un ardor inflamado y de un gozo desbordante […]. Por eso no
dice "yo ensalzo a Dios", sino "mi alma"..., como si
quisiera expresar: "mi vida, todos mis sentidos, se ciernen en el amor,
alabanza y gozo divinos [...]"»[1].
El verbo
engrandecer revela la alegría de descubrir que Dios es más grande de lo que nos
esperábamos. Esta alegría provoca una profunda humildad y un hondo sentido de
gratitud.
Como
subraya Ermes Ronchi, «el Magníficat es el evangelio de María, su buena
noticia, que alcanza a todas las generaciones». Por diez veces, la joven de
Nazaret repite lo que ha hecho Dios[2],
como diez nuevos mandamientos que trastocan la lógica del mundo.
Resulta
espontáneo preguntarse si hemos conservado el sentido de asombro en nuestra
vida diaria y de oración ante todo lo que Dios ha obrado y sigue obrando. Sin
abrirnos a la novedad y a sus sorpresas, sin asombro, la fe se convierte en una
letanía cansada que lentamente se apaga y se convierte en una costumbre social[3].
«Engrandece mi alma al Señor»
El canto
de María no es simplemente una oración de alabanza intimista, sino una alabanza
profética, que recurre constantemente a los pasajes de la Escritura[4],
lo que indica que el corazón de Dios guía la historia. Alabarlo es alinearse
con los pequeños, creer que el mundo puede y debe cambiar.
Las
palabras de este himno nos invitan a comprender la intervención salvífica de
Dios en nuestra historia personal y comunitaria, nuestra vivencia personal y la
universal, el momento presente y los cielos nuevos y la tierra nueva que la
revolución social del Evangelio inaugura.
«Engrandece mi alma al Señor»
Estas
palabras nos invitan a hacer de nuestra vida una alabanza viviente, a reconocer
cada día las maravillas, a unir nuestra voz a la de María para proclamar que
Dios es fiel, que su misericordia se extiende de generación en generación y que
su reino de justicia y amor ya se está realizando entre nosotros.
Chiara
Lubich captó esta dimensión revolucionaria del canto de María cuando escribió a
los jóvenes: «Lee el Magníficat y encontrarás la primera y más potente página
de la doctrina social cristiana. ¿Quién y cuándo la realizará completamente?»[5].
La
pregunta nos sigue interpelando. La intervención de Dios no debe reducirse a la
intimidad del corazón, sino manifestarse en las relaciones, en la vida común,
en la trama de las generaciones futuras.
Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de
Vida
Palabra de Vida se traduce
a mis de 90 lenguas e idiomas y se difunde por correo, prensa, radio,
televisión e internet. En la página web del Movimiento de los Focolares se
encuentra publicada junto con testimonios que son fruto de ponerla en práctica.
También promueve con sus contenidos el diálogo sobre la base de la fraternidad.
Se puede acceder a través de este enlace https://www.focolares.es
[1] Martin Lutero, Comentario al
Magnlficat: https://1library.co/document/zlvl282v-comentario-al magnifiat-por-martin-luterohtml.
[2] Cf.
E. Ronchi, «Magnificat, una
finestra aperta sul futuro», Avvenire 12 de agosto de 2021.
[3] Cf.
Francisco, Angelus, Plaza de San
Pedro (Roma), 4 de Julio de 2021.
[4] Cf.
G. Rossé. Il Vangelo di Luca.
Città Nuova, 1992, p. 69.
[5] C.
Lubich, Signo de contradicción,
Ciudad Nueva, Madrid 1971, n. 203, p. 64.


