domingo, 4 de octubre de 2026

PALABRA DE VIDA DE OCTUBRE DE 2026

 


La imagen es de Fano

«No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto» (Ex 22, 20)

La Palabra de vida de este mes está tomada del Éxodo, que relata las condiciones desesperadas de los israelitas en Egipto. Oprimidos y reducidos a esclavos, claman al cielo pidiendo ayuda. Dios decide intervenir, y elige a Moisés como enviado suyo. Después de la liberación tiene lugar la ceremonia que sella la Alianza entre Dios e Israel en un documento llamado «Código de la Alianza» (Ex 20-23), aceptado por todo el pueblo (cf. Ex 24) y cuya parte más conocida son los diez mandamientos. A estos se añaden otras prescripciones y leyes de diverso tipo, relacionadas con el evento extraordinario de la liberación. La frase de este mes proviene de este patrimonio de normas de vida y de comportamiento.

«No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto».

El extranjero es una de las categorías preferidas por Dios, pues está entre los más vulnerables, como el pobre, el huérfano y la viuda. Esta norma apela ante todo a la memoria de todo lo que vivieron los israelitas siendo esclavos en Egipto. La intervención poderosa de Dios en el Éxodo se reproduce continuamente en el Antiguo Testamento, como un evento que el pueblo ha de tener siempre presente, que se repite de diversos modos en cada generación

Este mandamiento apela a la empatía: ponerse en el lugar de los demás ayuda a comprenderlos y a entender qué necesitan. A quien ha pasado por una experiencia difícil le resulta más fácil identificarse con el dolor del otro. Pero en el Antiguo Testamento no se trata solo de una experiencia humana: el primero en dar ejemplo de lo que significa entrar en la situación de los demás es Dios mismo. 

«No maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto»

¿Cómo poner en práctica esta Palabra de vida? Podríamos preguntarnos: ¿me he sentido alguna vez extranjero, no aceptado, no acogido, incomprendido, fuera de lugar? ¿Qué he aprendido de estas situaciones? ¿Quién es para mí el extranjero y quién es para Dios? ¿Cómo puedo acogerlo sin reservas, tal como hace el Señor con nosotros? ¿Qué puedo hacer concretamente? Escribe Chiara Lubich: «Con un Dios que no hace distinción entre las personas, ¿cómo no grabarse en el corazón la fraternidad universal? Como hijos del mismo Padre, podemos descubrirnos hermanos y hermanas de cada hombre y mujer con quien nos relacionamos. Por lo tanto, si somos todos hermanos y hermanas, debemos amar a todos, empezando por quienes tenemos al lado, sin detenernos. Así, nuestro amor no será platónico y abstracto, sino concreto, a base de servicio. Un amor capaz de ir al encuentro del otro; de entablar un diálogo, de identificarse con sus situaciones de necesidad, de asumir sus cargas y preocupaciones. Hasta que el otro se sienta comprendido y acogido en su diversidad y libre de expresar toda la riqueza que lleva consigo»[1].

Cuenta Maryam, una joven paquistaní: «En un local, vi cómo el propietario le negaba un té a una señora mayor. Yo solo llevaba unas rupias, pero me parecía que debía ayudarla, así que me acerqué al dueño y le dije que yo pagaría. Primero me miró dubitativo, pero después sonrió y me dijo: "No es justo. Si una cliente está dispuesta a poner lo poco que tiene para preocuparse por ella ¡cuánto más generoso debería ser yo como propietario! Para mí es más fácil darle una taza de té gratis que dejar que pagues tú". Fue una experiencia fuerte. Procurando amar a la señora y al propietario, he visto que un simple gesto de amabilidad puede abrir el corazón de otra persona».

Augusto Parody Reyes y el equipo de la Palabra de Vida



[1] C. Lubich, Palabra de vida de mayo de 2006: Palabras de Vido/2 (1991-2006) (cd. F. Clardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 351.

martes, 1 de septiembre de 2026

PALABRA DE VIDA DE SEPTIEMBRE DE 2026.

 

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 10).

¿Se le puede ordenar a alguien que ame? Si entendemos el amor como un sentimiento, ¡evidentemente es imposible! Pero si más bien lo entendemos como un don de Dios, la cosa cambia.

En la Carta a los Romanos, de la que está tomada la Palabra de vida, Pablo describe precisamente la relación entre Ley y amor, y afirma que el amor es pleno cumplimiento de la Ley. Poco antes nos ha revelado de dónde proviene este amor: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Por su parte, la Primera Carta de Juan dice: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Nadie puede dar lo que no tiene. Lo había entendido bien Agustín cuando, dirigiéndose directamente a Dios, pedía: «Da lo que mandas y manda lo que quieras»[1]. Hemos recibido el don inestimable del amor de Dios y estamos llamados a no guardárnoslo, sino a ponerlo en circulación. Podemos convertirnos en sujetos en lugar de ser simples destinatarios del amor de Dios: pasar de amados a amantes, y así participar en la vida misma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: el Amante, el Amado y el Amor.

No tenemos con nadie otra deuda que la del amor mutuo –nos reconforta Pablo–, pues quien ama al otro ha cumplido la Ley (cf. Rm 13, 8).

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

«El verdadero amor al prójimo no causa ningún daño –afirma Chiara Lubich–. Es decir, nos lleva a vivir todos los mandamientos de Dios sin exclusión, ya que el primer objetivo que tienen es llevarnos a evitar todas las formas del mal en que podríamos caer, ya sea contra nosotros mismos o contra nuestros hermanos y hermanas»[2].

Así entendidos, los mandamientos de la Ley se convierten en un don del amor de Dios más que en una obligación: no constriñen nuestro amor, sino que lo liberan plenamente.

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Para alcanzar este «pleno cumplimiento», el primer paso en el amar al prójimo es no hacerle daño. Pero además hace falta ser creativos en el amor: «No basta con no hacer daño al prójimo –nos recordaba el papa Francisco–; es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús»[3].

¿Cómo vivir entonces esta Palabra de Vida? Volvamos a poner el amor en el centro de nuestra vida. Amemos a los demás concretamente, como los amaría Jesús: Él es la plenitud del amor que se dona completamente a Dios y a la humanidad. De Él podemos aprender la alta medida del amor.

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Doris, una chica escocesa, nos cuenta: «En nuestras visitas habituales a un refugio para personas sin hogar, entro en un mundo muy distinto del mío. Sé que lo que cuenta no es tanto lo que siento, sino amar. Un día, un hombre que reflejaba una profunda tristeza me confesó que estaba dispuesto a terminar con todo, que quería incluso morir. Me puse simplemente a escucharlo; luego nos tomamos juntos un bocadillo y un café. Y entendí que escuchar y estar presente era ya un modo de demostrar amor. Cuando llegó el momento de irme, me dio un fuerte abrazo, me sonrió y me dijo que lo que estábamos haciendo era muy importante, no solo para él, sino para todos los que estaban allí. Sentí la fuerza increíble del amor. Quizá no lo haya “salvado”, pero su gratitud me llenó de alegría, y esto, ya de por sí, es muy potente».

Claudio Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida

[1] Agustín de Hipona, Confesiones, X, 29, 40: da quod iubes et iube quod vis.
[2] C. Lubich, Palabra de vida de septiembre de 1993: Palabras de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 77.
[3] Francisco, Audiencia general, 3-1-2018: El encuentro con el Resucitado. Catequesis sobre la santa misa, Ciudad Nueva, Madrid 2018, p. 48.


sábado, 1 de agosto de 2026

PALABRA DE VIDA DE AGOSTO DE 2026

 

La imagen es de Fano

«Engrandece mi alma al Señor» (Lc 1, 46).

En el primer capítulo de su Evangelio, Lucas nos ofrece la única página del Nuevo Testamento en que las protagonistas son dos mujeres, María e Isabel.

Isabel vivía cerca de Jerusalén, a unos 150 km de distancia de Nazaret. María emprende este largo viaje nada más recibir el anuncio del ángel de que iba a ser la madre de Jesús (Lc 1, 26-38). No conocemos los detalles de la travesía, solo que se dirigió con prontitud a la región montañosa. Pero ¿por qué se dirige allá?

María va para comunicar esta alegría a quien, como ella, había recibido de Dios la gracia de esperar un hijo, y para estar a su lado y ayudarla en los últimos meses de embarazo. Es la historia de dos maternidades imposibles. ¿Quién mejor que ella podía entenderla y compartir esta experiencia? De este encuentro brota el Magníficat.

«Engrandece mi alma al Señor».

«Estas palabras brotan de un ardor inflamado y de un gozo desbordante […]. Por eso no dice "yo ensalzo a Dios", sino "mi alma"..., como si quisiera expresar: "mi vida, todos mis sentidos, se ciernen en el amor, alabanza y gozo divinos [...]"»[1].

El verbo engrandecer revela la alegría de descubrir que Dios es más grande de lo que nos esperábamos. Esta alegría provoca una profunda humildad y un hondo sentido de gratitud.

Como subraya Ermes Ronchi, «el Magníficat es el evangelio de María, su buena noticia, que alcanza a todas las generaciones». Por diez veces, la joven de Nazaret repite lo que ha hecho Dios[2], como diez nuevos mandamientos que trastocan la lógica del mundo.

Resulta espontáneo preguntarse si hemos conservado el sentido de asombro en nuestra vida diaria y de oración ante todo lo que Dios ha obrado y sigue obrando. Sin abrirnos a la novedad y a sus sorpresas, sin asombro, la fe se convierte en una letanía cansada que lentamente se apaga y se convierte en una costumbre social[3].

«Engrandece mi alma al Señor»

El canto de María no es simplemente una oración de alabanza intimista, sino una alabanza profética, que recurre constantemente a los pasajes de la Escritura[4], lo que indica que el corazón de Dios guía la historia. Alabarlo es alinearse con los pequeños, creer que el mundo puede y debe cambiar.

Las palabras de este himno nos invitan a comprender la intervención salvífica de Dios en nuestra historia personal y comunitaria, nuestra vivencia personal y la universal, el momento presente y los cielos nuevos y la tierra nueva que la revolución social del Evangelio inaugura.

«Engrandece mi alma al Señor»

Estas palabras nos invitan a hacer de nuestra vida una alabanza viviente, a reconocer cada día las maravillas, a unir nuestra voz a la de María para proclamar que Dios es fiel, que su misericordia se extiende de generación en generación y que su reino de justicia y amor ya se está realizando entre nosotros.

Chiara Lubich captó esta dimensión revolucionaria del canto de María cuando escribió a los jóvenes: «Lee el Magníficat y encontrarás la primera y más potente página de la doctrina social cristiana. ¿Quién y cuándo la realizará completamente?»[5].

La pregunta nos sigue interpelando. La intervención de Dios no debe reducirse a la intimidad del corazón, sino manifestarse en las relaciones, en la vida común, en la trama de las generaciones futuras.

Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida

 

Palabra de Vida se traduce a mis de 90 lenguas e idiomas y se difunde por correo, prensa, radio, televisión e internet. En la página web del Movimiento de los Focolares se encuentra publicada junto con testimonios que son fruto de ponerla en práctica. También promueve con sus contenidos el diálogo sobre la base de la fraternidad. Se puede acceder a través de este enlace https://www.focolares.es



[2] Cf. E. Ronchi, «Magnificat, una finestra aperta sul futuro», Avvenire 12 de agosto de 2021.

[3] Cf. Francisco, Angelus, Plaza de San Pedro (Roma), 4 de Julio de 2021.

[4] Cf. G. Rossé. Il Vangelo di Luca. Città Nuova, 1992, p. 69.

[5] C. Lubich, Signo de contradicción, Ciudad Nueva, Madrid 1971, n. 203, p. 64.

miércoles, 1 de julio de 2026

PALABRA DE VIDA DE JULIO DE 2026

«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende: este sí que da fruto» (Mt 13, 23).

Después de hablar en parábolas a una gran muchedumbre a la orilla del lago Tiberíades, Jesús les explica a sus discípulos el sentido profundo de sus palabras.

Compara la Palabra de Dios con una semilla pequeña y frágil. Las piedras, las zarzas y las aves pueden impedirles germinar, echar raíces y producir espigas maduras, pero el sabio sembrador conoce su sorprendente vitalidad.

Con estas imágenes, Jesús revela la relación entre el hombre y la Palabra que Dios ofrece abundantemente, pero hay quien la acoge y quien la deja caer sin que dé fruto: en el corazón humano, la superficialidad y las excesivas preocupaciones materiales amenazan el milagro de la vida sobrenatural que Dios desea encender en sus criaturas.

También a nosotros, Jesús nos invita a entrar en el humilde misterio de amor de Dios y nos interpela: ¿qué terreno queremos ser?

«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende: este sí que da fruto»

Escuchar y comprender: este parece ser el secreto que nos convierte en un terreno acogedor, donde la semilla de la Palabra puede expresar su fuerza y dar buenos frutos.

La escucha es el espacio espiritual para dejar entrar la vida de Dios, que siempre nos precede con su misericordia, con la paciencia del trabajador que conoce y respeta los tiempos de maduración.

Las palabras de Dios, escribe Chiara Lubich, «iluminan interiormente no solo la mente, sino todo el ser, porque son luz, amor y vida. Dan paz la que Jesús llama "mi paz" incluso en los momentos de turbación y de angustia. Dan alegría plena aun en medio del dolor que a veces atenaza el alma. Dan fuerza, sobre todo cuando sobrevienen el abatimiento o el desánimo. Nos hacen libres porque abren el camino de la Verdad. [...] También en nosotros debe nacer un amor apasionado por la Palabra de Dios: acojámosla atentamente…, leámosla, estudiémosla, meditémosla... Pero sobre todo estamos llamados a vivirla. [...] Al vivir una Palabra de Jesús vivimos todo el Evangelio, porque en cada Palabra suya ÉI se entrega por completo, viene Él mismo a vivir en nosotros [...] y sustituye nuestro modo de pensar, de querer y de obrar en todas las circunstancias de la vida»[1].

«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende: este sí que da fruto».

Wambil de México nos cuenta: «Hubo un tiempo en que me sentía atrapado en un profundo agujero. Estaba inmerso en una relación violenta, trataba de huir y arreglarlo todo con mis fuerzas. Influido por las redes sociales y el ruido exterior, perseguía cosas que no estaban en el plan de Dios. A pesar de mis esfuerzos, me sentía vacío y sin una meta. Sabiendo que el amor es un lenguaje universal, me puse a hacer voluntariado, y encontré un modo de actuar que solo podía venir de Dios. Con profunda gratitud, descubrí un lugar donde escuchar su Palabra y crecer en la relación con Él».

Cuando nos sentimos tierra árida y pedregosa, la misma Palabra es eficaz, como revela el profeta Isaias: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, […] así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo» (Is 55, 10-11).

Sostenidos por esta esperanza, en un tiempo dominado por miedos y tensiones, cultivemos también la confianza en las mujeres y en los hombres con quienes compartimos la vida, capaces de dar buenos frutos y de crear ocasiones de escucha y diálogo, para caminar juntos hacia la fraternidad

Letizia Magri y el equipo de la Palabra de vida

Palabra de Vida se traduce a más de 90 lenguas e idiomas y se difunde por correo, prensa, radia, televisión e internet. En la página web del Movimiento de los Focolares se encuentra publicada junto con testimonios que son fruto de ponerla en práctica, También promueve con sus contenidos el diálogo sobre la base de la fraternidad. Se puede acceder a través de este enlace https://www.focolares.es/



[1] C. Lubich, Palabra de vida de marzo de 2003: Ciudad Nueva n. 396 (2003/3), pp. 24-25.

lunes, 1 de junio de 2026

PALABRA DE VIDA DE JUNIO DE 2026.

 


«Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. […]

Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10, 7-8).

En este capítulo del Evangelio de Mateo, los apóstoles acaban de ser elegidos por Jesús, que los llama por su nombre y les confiere poderes especiales sobre los espíritus impuros para expulsarlos, y el don de curar toda enfermedad y discapacidad. Jesús les da instrucciones sobre dónde y cómo desarrollar su misión inicial. El mensaje que deben anunciar es claro: «El Reino de los cielos está cerca» (Mt 10, 7).

La indicación de ir y proclamar el mensaje encomendado subraya, por una parte, que el verdadero discípulo es ante todo un predicador de la cercanía, y por otra, que el modo que tienen de caminar juntos debe ser anuncio. De hecho, en el Evangelio de Juan, después de entregarles el mandamiento nuevo, Jesús afirma: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35).

«Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. […]

Gratis lo recibisteis; dadlo gratis»

El Reino de los Cielos es el núcleo del anuncio de Jesús. La expresión afín Reino de Dios se usaba en el Antiguo Testamento para indicar el señorío, el gobierno y la acción salvífica de Dios sobre la historia humana. Él es soberano del mundo y sobre todo del pueblo de Israel, que esperaba un descendiente del Rey David que restableciese la misión de Israel entre las gentes. En el Nuevo Testamento, el propio Jesús es presentado como descendiente de David y por tanto rey. A diferencia de un reino temporal, el Reino de los Cielos es un reino de paz y de justicia, en el que se cuida de los pobres, en el que rigen el perdón y la reconciliación y que llevará vida y luz a todas las naciones. Se trata de un reino que ya ha comenzado en el mundo y en el corazón de las personas, pero que se realizará completamente cuando Jesús regrese.

«Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. […]

Gratis lo recibisteis; dadlo gratis»

Jesús anuncia que el Reino está cerca en el tiempo, es inminente. Por sus parábolas, como la del grano de mostaza o la de la levadura que hace crecer toda la masa, se entiende que aquel actúa de manera misteriosa y humilde pero tenaz y a lo largo del tiempo.

Cerca tiene también un sentido espacial.

Cuando los discípulos, que llevan la presencia del espíritu de Jesús, se acercan caminando, el Reino de Dios se acerca. Y cuando, en el Evangelio de Marcos, Jesús le dice al escriba:

«No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12, 34), es probable que no solo quisieses decir «Has empezado a entender», sino también «No estás lejos de mí».

«Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. […]

Gratis lo recibisteis; dadlo gratis»

Gratis traduce un término que en el original griego significa como regalo. Lo cual subraya que todo lo que los apóstoles han recibido no se les ha dado porque lo merezcan. La fuente es la generosidad de Dios y el hecho de que hayan sido elegidos para una misión en concreto.

Escribe Chiara Lubich: «El Reino de Dios hay que acogerlo. Es un don que Dios te hace. De hecho, no hay esfuerzo humano, intento ascético, estudio o investigación intelectual que te pueda ayudar a entrar en el Reino de Dios. Es el mismo Dios quien viene a tu encuentro, quien se revela con su luz o te toca con su gracia. Y no hay ningún mérito del que te puedas vanagloriar o en el que puedas apoyarte para tener derecho a semejante don de Dios. El Reino se te ofrece gratuitamente»[1].

Al acogerlo, también hoy estamos llamados a continuar la tarea que Jesús encomendó a los apóstoles: proclamar con la palabra y con los hechos la cercanía del Reino, anunciar juntos a cada ser humano un mensaje de esperanza: en este mundo tan afligido e incierto, Dios lo ama inmensamente y nos ama a todos inmensamente.

Augusto Parody Reyes y el equipo de la Palabra de vida



[1] C. Lubich, Palabra de vida, octubre de 1979: en Ead., Palabras de Vida/1(1943-1990) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2020, p. 155.

lunes, 2 de marzo de 2026

PALABRA DE VIDA DE MARZO DE 2026

 

«Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17, 7).

La imagen es de FANO

Pedro, Santiago y Juan suben a un monte alto con Jesús y allí ven la gloria del Maestro y oyen la voz del Padre que lo reconoce como Hijo. Una experiencia extraordinaria, cara a cara con Dios, que permite a su criatura conocerlo en su esplendor. El temor los ha hecho caer en tierra, pero Jesús los toca y les dice:

«Levantaos, no tengáis miedo»

El verbo levantarse es el mismo con el que el Evangelio expresa la resurrección, y «no temáis» son las primeras palabras que el Resucitado dirige a las mujeres junto al sepulcro vacío (Mt 28, 10; cf. 28, 5). Así pues, las palabras de Jesús, fuertes y claras son una decidida invitación a una vida nueva, que es posible para los discípulos con el toque de su mano.

También a nosotros nos frenan nuestros miedos, las pruebas de la vida, situaciones sin salida. No podemos contar solo con nuestras fuerzas para recuperar el impulso del testimonio, sino más bien con la gracia de Dios, que siempre nos precede.

«¿Quién no pasa por pruebas? Estas adquieren el cariz del fracaso, de la pobreza, la depresión, la duda, la tentación... [...] También da miedo la sociedad materialista e individualista que nos rodea, con guerras, violencia, injusticias... Ante estas situaciones puede insinuarse también la duda: ¿dónde ha ido a parar el amor de Dios? [...] Jesús ha entrado de verdad en cada dolor, ha cargado con todas nuestras pruebas [...] Él es Amor, y es propio del amor expulsar todo temor. Cada vez que nos asalte un miedo, que estemos agobiados por un dolor, podemos reconocer la verdadera realidad que se esconde ahí: es Jesús, que se hace presente [...] dejemos que entre en nuestra vida. Y luego, sigamos viviendo lo que Dios quiere de nosotros, lanzándonos a amar al prójimo. Descubriremos que Jesús es siempre Amor. Así podremos decirle, como los discípulos: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 33)[1].

«Levantaos, no tengáis miedo».

Quien ha vivido el encuentro con Dios en su vida queda fascinado por su presencia, tocado y curado por su Palabra. El testimonio de una comunidad cristiana acompaña en esta aventura divina y da ánimos para salir de uno mismo y reanudar el camino con Jesús y con los hermanos.

Cuenta una joven siria: «AI final del año pasado mi país vivió una situación muy difícil, y mi ciudad sufrió una ola de caos y de miedo. Estaba muy preocupada por mi familia, por mis amigos y por mí misma. Intenté mantener la esperanza en Dios, procurando ser fuerte a pesar de todo. Antes de estos sucesos, con los jóvenes con los que vivimos el evangelio, habíamos planificado varios proyectos de apoyo a familias necesitadas. Pero esta situación nos obligó a suspender temporalmente toda actividad. AI cabo de unos días pudimos reunirnos, y encontramos la fuerza y el valor los unos en los otros. Decidimos no dejarnos vencer por el miedo, poner nuestra confianza en Jesús y reanudar el camino emprendido. Conseguimos ayudar a más de 40 familias.

«Levantaos, no tengáis miedo».

Después de subir al monte con Jesús para encontrar a Dios y escuchar su voz, podemos descender con Él, «[...] volver a la llanura, donde encontramos a muchos hermanos que soportan penalidades, enfermedades, injusticia, ignorancia, pobreza material y espiritual».[2]

Como comunidad cristiana, también podemos sufrir y quedarnos confundidos, pero esta Palabra nos empuja a ponernos en movimiento juntos para llevar a todos «los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios y compartir la gracia recibida»[3].

Letizia Magri y el equipo de la Palabra de Vida



[1] C. Lubich, Palabra de Vida agosto de 2002.

[2] Cf. Francisco, Ángelus, 16-03-2014.

[3] Ibid.

domingo, 1 de febrero de 2026

PALABRA DE VIDA DE FEBRERO DE 2026

 

«Mira que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

El libro del Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento. No es un texto fácil. El título significa revelación, y el autor quiere dar a entender las cosas últimas, el retorno de Jesús a la tierra, la derrota definitiva del mal y el surgimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva.

En los años 81-96 d. C. hay persecuciones, y el clima de las comunidades cristianas es de miedo: ¿qué será de nosotros y del mensaje que se nos ha encomendado? ¿Por qué Dios no interviene?

En estas circunstancias, el autor es mandado al exilio por los romanos, a la isla de Patmos. Aquí tiene visiones y recibe la orden de escribirlas.

«Mira que hago nuevas todas las cosas»

El libro del Apocalipsis quería dar esperanza a las comunidades: a pesar de que el presente es difícil y el futuro incierto, al final el bien triunfará y Dios hará nuevas todas las cosas.

También hoy, «hay muchas tragedias, noticias tristes antes ante las cuales corremos el riesgo de acostumbrarnos. […] Pero hay un Padre que llora con nosotros; que llora lágrimas de infinita y piedad por sus hijos… Un Padre que nos espera para consolarnos porque conoce nuestros sufrimientos y nos ha preparado un futuro distinto. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia y nos quiere levantar»[1].

«Mira que hago nuevas todas las cosas»

No podemos saber cuándo ni cómo sucederá esto, y es inútil querer indagar. Pero es seguro que ocurrirá.

«Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial, imaginada ante todo como una inmensa tienda en la que Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21, 3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿qué hará Dios cuando por fin estemos con Él? Tendrá una ternura infinita con nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que durante mucho tiempo se han esforzado y han sufrido. «Esta es la morada de Dios con los hombres […] Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado […] ¡Mira que hago un mundo nuevo!» (21, 3-5). ¡El Dios de la novedad!»[2].

«Mira que hago nuevas todas las cosas»

¿Cómo vivir la palabra de vida de este mes?

«Esta nos asegura que nos encaminamos hacia un mundo nuevo que preparamos y construimos ya desde ahora. O sea, es todo lo contrario de una invitación a despreocuparnos y huir del mundo. De hecho Dios quiere renovarlo todo: nuestra vida personal, la amistad, el amor conyugal, la familia; quiere renovar la vida social, el mundo del trabajo, la educación, la cultura, el tiempo libre, la sanidad, la economía, la política…, en una palabra, todos los sectores de la actividad humana. Pero para ello necesita personas que dejen vivir en sí misma su Palabra que sean su palabra viva otro Jesús en sus ambientes»[3].

Alice, una joven cristiana, comprendió que seguir su vocación requería un cambio profundo para permitir a Dios actuar plenamente en su vida y hacerla nueva. Como un don inmenso, tuvo la oportunidad de vivir una experiencia en la India. Allí saboreó una alegría auténtica y se sintió inmersa en la gracia de Dios, incluso en los momentos difíciles. Dedicó sus días a la oración, a la vida comunitaria y al servicio del voluntariado. Los niños del orfanato la impresionaron profundamente: aún sin poseer nada, mostraban un entusiasmo increíble y le enseñaron mucho de la vida. No fue un simple viaje, sino una peregrinación, un camino a base de «subidas y bajadas», en el que tuvo que «vaciar la mochila» y se encontró enriquecida y liberada

Augusto Parodi Reyes y el equipo de la Palabra de vida



[1] Francisco, Audiencia general, 23,08, 1917: Llamados a sembrar esperanza, Ciudad Nueva, Madrid 1917, pp. 154-155.

[2] Ibid., pp. 153-154.

[3] C. Lubich, Palabra de Vida de abril de 1989: Ead., Palabras de Vida/1 (1943-1990). Ciudad Nueva. Madrid 2020, p. 454.