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viernes, 15 de septiembre de 2023

IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS DE GRANADA. UNA CATEQUESIS PLÁSTICA.


15 de Septiembre
Festividad de Ntra. Sra. de las Angustias.
PATRONA DE GRANADA Y SU ARCHIDIÓCESIS
Hoy, 15 de septiembre, día de Nuestra Señora de los Dolores es también el día de la Santísima Virgen de las Angustias, patrona de Granada y de su Archidiócesis.
Hemos encontrado este artículo en la página del Centenario de la Coronación Canónica de Ntra. Sra. de las Angustias,  pero nos ha parecido tan interesan te que no nos resistimos a compartirlo pues  como todo buen granadino, no podemos menos que asomarnos a la casa de la Madre en la Carrera y la lectura de este artículo hace que nos podamos acercar desde cualquier rincón del mundo, conociendo mejor la Basílica, verdadera obra de arte.

"La iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, basílica menor desde el año 1922, presenta una clásica planta de cruz latina, cuyos brazos (nave central y crucero) se unen ante el presbiterio. La progenie barroca del proyecto explica la profusa ornamentación interior que no deja espacio alguno sin decorar (horror vacui). Sus elevadas bóvedas de cañón refuerzan el sentido de elevación y diafanidad, quebrada a los pies de la iglesia por el coro, construido ya a principios del siglo XX, que alberga el órgano para el acompañamiento musical de los oficios litúrgicos.
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La nave central, flanqueada por capillas laterales (cuatro a cada lado), es el espacio ceremonial destinado a los fieles durante los oficios litúrgicos y mantiene su carácter de peregrinación, conduciendo inexorablemente hasta el altar mayor, centro de las celebraciones y lugar donde se expone la imagen titular de la parroquia, la venerada imagen de Nuestra Señora de las Angustias. Una soberbia cúpula sobre pechinas (con escudos del corazón traspasado de María y de los reyes de España) remata la confluencia de la nave y el crucero, con laboriosas yeserías policromadas. Su sentido de glorificación, con representaciones angélicas, se confirma con la intensidad de la luz que penetra en la iglesia por las ventanas del tambor.
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La nave ofrece la primera catequesis plástica en el interior de la iglesia, diferenciada en altura. El nivel inferior corresponde a devociones particulares que se expresan en las imágenes veneradas en cada capilla, fruto de una larga cronología devocional. Se incluyen devociones antiguas, como la del Cristo de Burgos (cofradía de los pastores) o la Virgen del Carmen (especial abogada de las ánimas del purgatorio), otras encarnadas en imágenes procedentes de la desamortización, como S. Antonio de Padua o Sta. Lucía, o devociones introducidas en el templo más recientemente como la Virgen del Perpetuo Socorro, Sta. Bárbara, la Virgen del Pilar y el Corazón de Jesús.
En lugares destacados, en ambos brazos del crucero, mirando hacia los fieles, dos magníficos retablos barrocos dorados ofrecen a la veneración las imágenes San José con el Niño (atribuida a Agustín de Vera) y de Jesús Nazareno (obra de Pablo de Rojas), que en otro tiempo acompañaba la procesión penitencial de la Virgen de las Angustias. De Belén hasta el Calvario, subrayan dos momentos, principio y fin, de la vida terrenal de Jesús. Fueron imágenes de especial devoción desde el siglo XVIII.
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En un plano intermedio, por encima de las capillas, doce figuras barrocas de dinámica factura se proyectan sobre la nave y el crucero, elevadas desde sus repisas, hacia los cuatro puntos cardinales. Es imposible que la mirada de los fieles no se cruce con los rostros, a veces de místico dramatismo, del Apostolado que talló Pedro Duque Cornejo. Superpuestos a los pilares del templo, son expresión del fundamento de la Iglesia. Ostentando en sus manos los atributos de su martirio, confirman los méritos de la Pasión de Cristo, a la que se asocian por el seguimiento (discípulos) y la imitación (mártires). Más elevados, al estarlo también el presbiterio, la última pareja, S. Pedro cabeza de la Iglesia y S. Pablo apóstol de los gentiles, nos introducen directamente en el altar mayor.
Precisamente la Pasión conforma el tercer nivel, más elevado, de la ornamentación de la nave y el crucero. Casi una decena de cuadros rectangulares pintados al óleo, obra de autores como Juan Leandro de la Fuente, Miguel Jerónimo de Cieza y Ambrosio Martínez de Bustos, con marcos barrocos de Duque Cornejo, imparten la catequesis de la Pasión, que funde las tradiciones populares de los Dolores y de las Angustias de María, de manera que en el testero de la izquierda se concentran, como una sucesión de episodios con fuerza expresiva, distintos momentos del sufrimiento de Cristo en la cruz. Precisamente este ciclo de la Pasión, el más relevante del cuerpo de la Iglesia se completa con sendas pinturas ovaladas sobre los citados retablos del crucero: la Oración en Getsemaní y el Entierro de Cristo, como principio y fin del ciclo pasionista.
A este ciclo se une, coronándolo, la representación escultórica de la Patrona de Granada. Reservada en su camarín, costumbre dieciochesca extendida entre imágenes de gran devoción, Nuestra Señora de las Angustias se asoma al templo por el impresionante “ventanal de jaspes” de su retablo, sobre diseño de Marcos Fernández Raya y José de Bada. Si hasta llegar a este lugar domina la pintura, la madera y el yeso, la importancia de la imagen merece una excelente conjunción de mármoles polícromos. Por un lado, como Madre oferente, presenta el cuerpo muerto de Jesús en su regazo completando el mencionado ciclo de la Pasión. Por otro lado, como imagen individualizada de indudable efecto devocional, su retablo resume, de forma discreta para no restar importancia a la representación de María, algunas circunstancias de su origen en Granada, como son las figuras marmóreas de las mártires Úrsula y Susana, titulares de la ermita donde comenzó el culto a la Piedad o Angustias de María, así como los santos S. Lorenzo y S. Nicolás de Bari, relativos a la protección regia de Felipe II y a la dimensión diocesana del templo.
La fuerza con la que avanzan los estípites sobre el presbiterio y su monumentalidad no hace más que acentuar la importancia del centro de todas las miradas. Y es que bajo un cuerpo superior centrado por la Stma. Trinidad y con la primitiva heráldica de la hermandad (corazón de María traspasado por siete espadas), un arco abocinado sostiene la cristalera desde la que se observa plenamente la Patrona de Granada. Los laterales del presbiterio se rematan con sendas tribunas con retratos de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza, especiales protectores de la hermandad de las Angustias.
Las estancias que rodean la cabecera de la iglesia son altamente significativas. De forma especial el camarín donde se venera la bendita imagen, con un diseño en el que intervinieron los mejores tracistas de su tiempo, otorgándole su definitiva configuración el mercedario fray Baltasar de la Pasión. A modo de “palacio celeste” profusamente ornamentado, presenta un cuerpo central con el pedestal marmóreo para la Virgen de las Angustias, una sala donde el juego de luces y de colores (columnas, paredes, cornisa y solería) refuerza la idea de la glorificación de María. Muy interesante es el programa pictórico de las dependencias aledañas, en las que la pintura, yuxtaponiendo escenas de la vida de la Virgen y de Jesús, invade paredes y techos enmascarando la estructura arquitectónica. El antecamarín subraya la infancia de Jesús con escenas entrañables centradas en María. El poscamarín concluye el ciclo con pasajes de la Pasión, en los que María aparece como corredentora.
A ambos lados del altar mayor se disponen las dependencias de la hermandad (destacando la sala de reuniones o capitular) y de la parroquia (en especial la sacristía, con aires de capilla, presidida por el extraordinario Crucificado de Pablo de Rojas, que fue también titular de las Angustias). En el lado opuesto, el extremo del crucero da paso a la capilla del sagrario, un ámbito apacible para la adoración del Santísimo Sacramento.

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La imagen de Nuestra Señora de las Angustias es el principal foco de atracción del templo, entendido como lugar de peregrinación. Su iconografía es compleja, pues la inspiración de una primitiva tabla dejada en su antigua ermita por Isabel la Católica y la superposición y encaje de diversos elementos escultóricos ha derivado en una representación muy singular de la Piedad.
Aunque no se trata de un pasaje bíblico, en época medieval se popularizó esta representación que recoge unos instantes de indudable dramatismo y emoción: el momento en que María sostiene el cuerpo de Cristo descendido de la cruz y antes de ser sepultado. Precisamente la naturaleza pasionista de la representación explica el carácter penitencial de su hermandad durante siglos, que procesionó la imagen por las calles de Granada generalmente en la noche del Jueves Santo.
El tránsito de la veneración de un cuadro a la de una representación escultórica se esconde aún en el misterio, reforzado por la tradición de la prodigiosa aparición de la imagen, traída por personajes sobrenaturales y llamada a ser el “amparo” de la ciudad. Estilísticamente lo más aceptado es su vinculación con el arte de Gaspar Becerra, el imaginero español que mejor representó a María Dolorosa en las décadas centrales del siglo XVI.
La composición de la imagen es el fruto de un largo proceso histórico-artístico, iniciado con la representación de María arrodillada al pie del calvario, a la que se antepone el cuerpo muerto de Jesús sobre una mesa, para acabar configurando un conjunto único de Cristo amorosamente sostenido por una Virgen que lo ofrece a Dios y al pueblo cristiano, desde su condición de madre del Salvador, perfecta discípula y corredentora del género humano. Este profundo simbolismo acentúa su carácter mediador, que gana consistencia con la devoción del pueblo de Granada y los testimonios de su continuo amparo a lo largo de casi quinientos años de veneración.
Este peculiar conjunto de Madre e Hijo, que exhala tanto dolor como consuelo, se ve singularizado por elementos ya inseparables de su iconografía, como es la corona de reina, la media luna a sus pies, la cruz con el sudario a su espalda y, especialmente, el manto (con un extraordinario elenco de mantos bordados en su ajuar), el elemento que mejor simboliza su amparo maternal sobre la ciudad.
Las joyas que ornan su pecherín son un extraordinario testimonio de una veneración aquilatada durante siglos. Una veneración, que se manifiesta a diario con la visita de los granadinos a su templo, depositando ante la Madre de las Angustias sus oraciones, inquietudes y peticiones. Un amor, desbordado cada mes de septiembre con profusión de cultos, ofrenda floral el día de su festividad litúrgica (15 de septiembre) y la multitudinaria y emotiva procesión patronal por las calles de Granada el último domingo de septiembre".
Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz.

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domingo, 29 de septiembre de 2019

GRANADA: AMOR A LA VIRGEN.

“Una madre de amores”
El último domingo de septiembre es un día particular en Granada, y aunque el 15 Granada celebra el día de su Patrona, la Virgen de las Angustias, este domingo es el día que los granadinos celebramos el día de nuestra patrona. Bueno, para ser más exactos, los granadinos le dedicamos a la Virgen todo el mes de septiembre, desde el día 1 al día 30.
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Pero volviendo a este domingo, hoy es su día: el día de la Patrona, el día de la Señora, el día de la Madre de todos los granadinos, porque como dice la coplilla:
“La Virgen de las Angustias,
es la que más altares tiene,
pues en el corazón de cada granadino,
por su amor de hijo, le ha hecho uno"
Granada es una a los pies de la Virgen, es ella la que sale a ver sus hijos, la que recorre las calles de Granada, los granadinos la esperamos en cada plaza, calle o rincón, Granada es su casa, y como cantamos en la famosa “Reja”:
 “La Virgen de las Angustias, cuando sale en procesión,
los granadinos le piden con mucha fe y devoción,
en su plegaria le dicen que no les falte la paz
y en su corazón no olvide a su querida “graná”.
Aunque quizás la coplilla que un granadino tararea todo el año, pues ya se encarga el reloj de la Basílica de recodárnoslo cada hora, y es el estribillo de su himno:
“Hay una madre de amores,
que adora Granada entera,
la Virgen de las Angustias,
la que vive en la Carrera”.

viernes, 27 de septiembre de 2019

FIESTA DE LA VIRGEN DE LAS ANGUSTIA. PATRONA DE GRANADA.


FUENTE: GRANADA DIRET
El mes de septiembre en Granada está dedicado a la Virgen de las Angustias, Patrona de la ciudad.
La fiesta de la Virgen de las Angustias es muy popular y despierta gran devoción entre los granadinos, durante los treinta días que dura el mes pasan por su templo las Corporaciones locales, organizaciones, colegios profesionales, etc.. a rendirle culto.
El día 15 tiene lugar a las puertas de la Basílica una multitudinaria Ofrenda Floral, y el último domingo del mes la Virgen sale en procesión por las calles de la ciudad. Acuden miles de personas de toda la capital y provincia, también de ciudades vecinas.
La tarde del día 15 de septiembre miles de personas hacen cola a las puertas de la Basílica de la Virgen de las Angustias para entregar su flores y formar así entre todos un bonito mosaico que inunda las calles de aromas agradables.
La Basílica luce sus mejores galas, es el mejor momento para visitarla y contemplarla en todo su esplendor. Las flores cubren la fachada durante casi una semana, se abren las puertas grandes de la Basílica y repican las campanas con gran alegría.
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El día de la procesión el centro de Granada se convierte en un bullicioso mercadillo de otoño. Se llena de puestos que venden los primeros frutos del otoño: castañas, acerolas, azafaifas, majoletas y granadas.
También durante estos días se vende la tradicional Torta de la Virgen, normalmente hecha en horno de leña y rellena de cabello de ángel.
Son días fuertemente arraigados en las costumbres locales, en los que se une el fervor popular y el ánimo festivo.

martes, 24 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE MES DE CELEBRACIONES A LA PATRONA DE GRANADA.


A las 7:30h cada mañana hay granadinos en la puerta de la casa de su madre, saben que es la hora en la que se abre la puerta de la carrera. Es la Carrera de la Virgen, porque si un granadino te habla de la Virgen, se está refiriendo a su Patrona, la que vive en la carrera. “Hay una Madre de amores que adora Granada entera, la Virgen de las Angustias, la que vive en la carrera”. Este estribillo de su himno, que durante el año escuchamos todos los granadinos, gracias a la melodía del reloj de la basílica cuando da las horas, será repetido en el mes de septiembre todos los días. Es un mes entero en el que toda la ciudad representada en su pueblo y en todas las instituciones, devuelve a su Madre todo el cariño que durante el año Ella les da cuando la visitan en su casa.
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Fue nuevamente su majestad la Reina Isabel I, la que trajo esta devoción a nuestra ciudad, una devoción que ha crecido tanto en el paso del tiempo, que no se entiende la ciudad y a los granadinos sin ella, no hay nada más que pasear por la ciudad, o por sus pueblos y ver la multitud de imágenes de la Virgen, que guardan las casas de todos los que la llevan en su corazón, o como ella siempre está acompañada por sus hijos durante el año en su casa.
Los cultos más destacados dentro de este mes de septiembre son la ofrenda floral que se realiza el día de su onomástica el día 15, la novena desde el día 19 hasta el día 27 y la procesión que se celebra siempre en la tarde del último domingo de este mes este año el día 29.
La ofrenda tal y como se hace en la actualidad se comenzó a realizar en 1982. La hermandad coloca en las puertas de la basílica unos paneles, que el día 15 se llenaran del amor de unos hijos a su madre. Y la imagen es colocada en un altar en la puerta de la basílica, para poder recibir más directamente el calor de sus hijos. La ofrenda oficialmente comienza a las 6 de la tarde, pero desde bien temprano en el patio de la basílica ya se empiezan a recoger ramos. Largas colas se forman esperando poder entregar la flor a la madre, y todas las instituciones de la ciudad entregan también su ofrenda. Son de destacar dos momentos, los bomberos colocando su ramo en el corazón que corona la fachada de la basílica y los pétalos que caen desde los helicópteros del ejército del aire que vienen desde la base de Armilla. Además de las instituciones civiles y militares, los alumnos del colegio que lleva su nombre y que esta a las espaldas de la basílica, otros colegios, todos los grupos representativos de la ciudad, como hermandades de penitencia y gloria, coros y grupos de baile que además le ofrecen su arte, escuelas de hípica, asociaciones de moteros, comercios, asociaciones como la de víctimas del terrorismo, y todo aquel que sienta como buen granadino que es el día para hacer la ofrenda a la madre en forma de flor.
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La novena hace que las naves de la basílica se llenen de fieles, y hay que colocar sillas para que toda la gente que no ocupe los bancos pueda sentarse, y aun así siempre hay gente de pie. De un tiempo a esta parte es retrasmitida en directo por internet a través de la página de la basílica, www.basilicadelasangustias.org
En la mañana del último domingo de septiembre los granadinos se levantan con un ánimo diferente, saben que la madre de todos va a salir por la tarde a bendecir un año más a sus hijos y las calles de su ciudad. Son muchos los peregrinos que desde los pueblos cercanos madrugan esa mañana, para recorrer la distancia desde su pueblo a la ciudad y asistir a la misa que a primera hora se celebra. Ya la santísima Virgen se encuentra en su paso con el manto que le regalo el pueblo en 1901 y con la corona que también le regalo el pueblo de Granada para su coronación, que se produjo el 20 de septiembre de 1913.
Granada y sus calles se llenan del clamor de los hijos a la madre, y son muchos los que también acuden de ciudades cercanas ya que ella es también patrona de la Archidiócesis, y de otras no tan cercanas a las que ha llegado su devoción.

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Y así un año más como dice la letra de la popular Reja, “La Virgen de las Angustias, cuando sale en procesión, los granadinos le piden con mucha fe y devoción, en su plegaria le dicen que no les falte la paz y en su corazón no olvide a su querida “graná”.



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domingo, 15 de septiembre de 2019

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES.


Preparando la entrada de la etiqueta BLOG sobre “Nuestros mártires: tragedia con sentido”, he encontrado este articulo sobre la festividad de hoy de ”Nuestra Señora de los Dolores”. Merece la pena compartirlo y si tenéis ocasión merece la pena leerlo con detenimiento.
LOS SIETE DOLORES DE LA VIRGEN
Se puede decir que, desde el principio del cristianismo, la espada que atravesó el alma de María —según las palabras de Simeón (Lc. 2,35)— ha provocado compasión tierna de los buenos cristianos. Y es que, al recordar la pasión del Redentor, los hijos de la Iglesia no podían menos de asociar al dolor del Hijo de Dios los sufrimientos de su benditísima Madre.
Parece como si el Stabat Mater del devoto franciscano Jacapone de Todi († 1306) hubiera resonado desde los albores de la cristiandad en el corazón de los fieles. De esta bellísima secuencia, que se recita en, la misa de esta festividad, escribió Federico Ozanam: «La liturgia católica nada tiene tan patético como estos lamentos tristes, cuyas estrofas caen como lágrimas, tan dulces, que en ellos se descubre un dolor divino consolado por los ángeles; tan sencillos en su latín popular, que las mujeres y los niños comprenden la mitad por las palabras y la otra mitad por el canto y el corazón». Y, ¡por qué no pensar que lo que se hizo estrofa y versos en la fervorosa Edad Media, no estaba ya latente, desde que murió Jesús, en la ternura compasiva de los amantes hijos de la Virgen!
Los Padres de la Iglesia demuestran, efectivamente, que no pasó desapercibido el dolor de María. San Efrén (en su Lamentación de María), San Agustín, San Antonio, San Bernardo y otros cantan piadosamente los padecimientos de la Madre de Dios. Y, ya en el siglo V, vemos cómo el papa Sixto III (432-440), al restaurar la basílica Liberiana, la consagra a los mártires y a su Reina, según lo indica un mosaico de dicha iglesia, en el que celebra a María como «Regina Martyrum«.
Con todo, hay que admitir que la devoción —más concreta— a los Dolores de María fue extendida especialmente por los servitas, Orden fundada por siete patricios de Florencia (su fiesta se celebra el 12 de febrero bajo el título de «Los siete Santos Fundadores») a mediados del siglo XIII. La historia nos cuenta cómo, en los duros tiempos de Federico II, se reunían estos piadosos varones para sus actos religiosos en la ciudad de Florencia, y cómo poco a poco fue surgiendo la Orden de los Siervos de la Virgen o Servitas, cuyo principal cometido era el meditar en la pasión de Cristo y en los dolores de su Madre. San Felipe Benicio († 1285; su fiesta se celebra el 23 de agosto), superior general de dicha Orden, fue uno de los más destacados propagadores de esta devoción, popularizando por todas partes el «hábito de la Dolorosa» y su escapulario.
En el siglo XVII se dio principio a la celebración litúrgica de dos fiestas dedicadas a los Siete Dolores, una el viernes después del Domingo de Pasión, llamado Viernes de Dolores, y otra el tercer domingo de septiembre. La primera fue extendida a toda la Iglesia, en 1472, por el papa Benedicto XIII; y la segunda en 1814, por Pío VII, en memoria de la cautividad sufrida por él en tiempos de Napoleón. Esta segunda fiesta se fijó definitivamente para el 15 de septiembre.
De la raigambre de la devoción a la Virgen Dolorosa entre el pueblo cristiano —singularmente los fieles de estirpe hispánica— es un índice la frecuente utilización del nombre Dolores en la onomástica femenina así como la profusión de las representaciones de la Dolorosa en el arte y la repetición del tema en la poesía popular —saetas— y en la literatura, en general.
La fiesta de este día hace alusión a siete dolores de la Virgen, sin especificar cuáles fueron éstos. Lo del número no tiene importancia y manifiesta una influencia bíblica, ya que en la Sagrada Escritura es frecuente el uso del número siete para significar la indeterminación y, con más frecuencia tal vez, la universalidad. Según esto, conmemorar los Siete Dolores de la Virgen equivaldría a celebrar todo el inmenso dolor de la Madre de Dios a través de su vida terrena. De todos modos, la piedad cristiana suele referir los dolores de la Virgen a los siete hechos siguientes: 1º la profecía de Simeón; 2º la huida a Egipto; 3º la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los 12 años; 4º el encuentro de María con su Hijo en la calle de la Amargura; 5º la agonía y la muerte de Jesús en la cruz; 6º el descendimiento de la cruz; y 7º la sepultura del cuerpo del Señor y la soledad de la Virgen.


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Sin duda que la piedad cristiana ha sabido acertar al resumir en esos siete hechos-clave los momentos más agudos del dolor de María. Porque, ¿no es cierto que son como hitos que señalan la trayectoria ascendente de los insondables sufrimientos de la Madre de Dios? En efecto, si las enigmáticas palabras de Simeón (He aquí que éste está destinado para caída y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y una espada atravesará tu misma alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones (Lc. 2, 34-35), tuvieron que entristecer el semblante de María, ¿que no habremos de pensar que ocurriría en la huida a Egipto, ¡Su hijo, tan tierno, arrojado por el vendaval del odio a tierras lejanas! Y, en cuanto a la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los doce años, ¿quién es capaz de profundizar en el abismo de incertidumbre y en la agonía de una Madre privada de su Hijo?
Pero donde los dolores de la Virgen rebasaron toda medida fue en el drama del Calvario y, especialmente, al pie de la Cruz. Detengámonos en su contemplación con el alma transida de compasión amorosa, como hacían los santos.
Entre los personajes que asistieron de cerca a la tragedia del Gólgota destaca la figura de la Virgen. De su presencia en el Calvario nos habla San Juan en su Evangelio con palabras sencillas pero impregnadas de un intenso dramatismo: Estaban en pie —dice— junto a la Cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena… Podemos representarnos la escena sin necesidad de hacer grandes esfuerzos de imaginación: Jesús acaba de recorrer las calles de Jerusalén con su cruz a cuestas. Durante el lúgubre desfile, el populacho le ha injuriado y escarnecido o, cuando menos, ha contemplado su paso con estupor y desconcierto. Porque, ¿no era Aquél el que hacía unos días había entrado en la ciudad santa en medio de aclamaciones? ¿No tendrían razón los escribas y fariseos al decir que era un vulgar impostor y un blasfemo?
Jesús, según asegura la tradición, se encontró con su Madre bendita en la calle que el pueblo cristiano llamó «de la amargura». ¿Qué se dirían con la mirada el Hijo y la Madre? Tal vez sólo las madres que tienen la inmensa desdicha de asistir a sus hijos antes de ser ajusticiados pueden sospechar algo de lo que pasaría por el alma de la Virgen.
Pero la comitiva siguió avanzando. Y después de muchos tropezones e incluso caídas de los que llevaban sudorosos sus cruces —y entre ellos iba como un vulgar facineroso Jesús—, llegaron al Calvario. La Virgen caminó también, deshecha en el dolor, en pos de su Hijo. Era el primero y el más sublime de los Viacrucis.
Ya está en el lugar de la crucifixión. Es Él. Los sayones le quitan sus vestiduras. La Virgen contemplaría aquella túnica inconsútil que con tanto cariño había tejido para su Hijo…
Unos momentos después suenan unos martillazos terribles. En un remolino instantáneo de recuerdos desfilarían ante la Virgen las escenas de Belén y de Nazaret, cuando las manecitas de su Niño le acariciaban con perfume de azucenas o le traían virutas para encender el fuego… Pero todo aquello quedaba muy lejos. Ahora tenía ante sí la realidad brutal de los pecados de los hombres horadando aquellas sacratísimas manos, pródigas en repartir beneficios.
Unos momentos más, y la cruz —su Hijo hecho cruz— era levantada entre el cielo y la tierra. En medio del clamor confuso de la multitud, María escucharía el respirar fatigoso y jadeante de su Hijo, puesto en el mayor de los suplicios. ¡Ella que había recogido su primer aliento en el pesebre de Belén y había arrimado tantas veces su virginal rostro al corazón de su Niño Jesús, palpitante de vida!
Las tres horas que siguieron, mientras Jesús derramaba gota a gota por la salud del mundo la sangre que un día recibiera de María, fueron las más sagradas de la historia del mundo. Y, si hasta las piedras se abrieron —como señala el Evangelio— ante el dolor del Hijo y de la Madre, ¿cómo podremos nosotros, los causantes de aquella «divina catástrofe» (como dice la liturgia), permanecer indiferentes en la contemplación de este divino espectáculo? Eia, Mater, fons amoris, me sentire vim doloris faic, ut tecum lugeam. (¡Ea! Madre, fuente de amor, hazme sentir la fuerza de tu dolor, para que llore contigo). Así exclama el autor del Stabat Mater. Y es que se necesita que la gracia sobrenatural aúpe y levante el corazón humano para que pueda siquiera rastrear la intensidad de los sufrimientos de Cristo y de su Madre.
El texto sagrado nos habla de las siete palabras de Jesús en la cruz, de su sed, de las burlas de que fue objeto, de las tinieblas que cubrieron la tierra…
No es difícil sospechar cuáles serían las reacciones del alma de la Virgen ante lo que estaba ocurriendo en el Calvario. Sin duda que poco a poco se fue abriendo camino entre la multitud y logró situarse por fin al pie de la cruz. ¿Quién de aquellos sanguinarios judíos se habría atrevido a encararse con la Madre Dolorosa? A su paso, los más empedernidos perseguidores de Jesús sentirían que la fibra del amor maternal —que jamás desaparece aun en los hombres más degradados— vibraba con un sentimiento de compasión: «Es la madre del ajusticiado —dirían—; ella no tiene la culpa. ¡Hacedle paso!
Y la Virgen se fue acercando a su Hijo. Pero no era el de otras veces, el niño gracioso de Belén, el joven gallardo de Nazaret, el taumaturgo prodigioso de Cafarnaúm… ¡Era un guiñapo! (¿será irreverencia traducir así las palabras proféticas de Isaías, en las que dice que Jesús seria un gusano y no un hombre, que no tendría sino fealdad y aspecto repugnante?) Y le miraría intensamente, como identificándose con El, quedándose colgada con El de la cruz.
¿Advirtió Jesús la presencia de su Madre? Lo afirma expresamente el Evangelio: «Como viese Jesús a su Madre…» (lo. 19, 25). Como dice el padre Alameda, «había tres crucificados y tres cruces, no muy lejanas unas de otras, puesto que podían hablarse y comunicarse las víctimas. María, según nos dice San Juan, se situó junto a la cruz de Jesús, iuxta crucem Iesu, lo que significa «a corta distancia de ella», tal vez tocando con la misma cruz. Y si se tiene en cuenta que, según costumbre, los maderos eran bajos, de modo que los pies del crucificado tocaban casi en el suelo, la vecindad era mayor, y María tomaba las apariencias de madre desolada que asiste a la cabecera del hijo agonizante. La expresión cum vidisset, habiendo visto, parece insinuar como si, agobiado por el dolor y la fiebre que le causaban las heridas, nuestro adorable Salvador hubiese tenido, en algunos momentos por lo menos, cerrados los ojos. Pudo también suceder que en medio de tanta aglomeración no hubiese advertido la presencia de aquellos seres queridos. Ellos, por otra parte, aunque deseosos de que Jesús reparase que allí estaban, no es creíble le hablasen. Ni el angustioso estado de su alma, ni la asistencia de los soldados curiosos convidaban a ello».
Jesús, pues, como anota San Juan, habiendo visto a su Madre y al discípulo amado, exclamó: «Madre, ahí tienes a tu hijo». Y en seguida, dirigiéndose al discípulo: «Ahí tienes a tu Madre» (lo. 19, 26). Fueron las únicas palabras que, según narra el Evangelio, dirigió Jesús a María en su agonía. Estas palabras, en su sentido literal, se refieren sin duda a San Juan, a quien encomienda a su Madre, que iba a quedar sola en el mundo. Pero, en el sentido que los exegetas llaman supraliteral y plenior (más completo), significaban que Juan, es decir, el género humano, a quien el apóstol representaba en aquellos momentos, pasaba a ser hijo de la Santísima Virgen. Esta es la interpretación que dan los Santos Padres y escritores eclesiásticos y que la Iglesia siempre ha aceptado.
¿Quién no se sentirá conmovido ante el precioso legado de Jesús y ante esta espiritual maternidad de la Virgen extendida, por gracia de la redención, a todos los hombres?
«Mujer –exclama San Bernardo en el oficio de hoy—, he aquí a tu hijo». ¡Qué trueque tan desigual! Se te entrega a Juan por Jesús, un siervo en lugar del Señor, un discípulo en lugar del Maestro, el hijo del Zebedeo por el Hijo de Dios, un mero hombre en lugar del Dios verdadero». Somos, en realidad, nosotros, los verdugos de Jesús, los que fuimos dados a María como hijos. ¿Cómo no trataremos de asemejarnos a Jesús para agradecerle esta magnífica filiación con la que nos regala?
Pero la tragedia del Gólgota se iba aproximando hacia su acto final. Jesús era ya casi un cadáver, Sus ojos estaban mortecinos; sus labios, resecos; su rostro, lívido y cetrino; y todo su cuerpo, rígido como el de un moribundo. María contemplaba a su Hijo en los últimos estertores de su agonía. Nada podía hacer frente a aquel estado de cosas al cual había conducido el amor de Jesús hacia los hombres,
¿Para qué hacer comentarios sobre el dolor de la Virgen en estos supremos momentos de la Pasión? ¿No es mejor que el corazón intuya y que se derrita en lágrimas de devoción?
Jesús —dice el Evangelio— dando una gran voz, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». E inclinando su cabeza expiro».
María, que había dado el «sí» a la encarnación, que al pie de la cruz aceptó el ser nuestra Corredentora, se unió a la entrega de su Hijo y le ofreció al Padre como la única Hostia propiciatoria por nuestros pecados.
Dejamos a la iniciativa piadosa del lector contemplar a la Virgen con el cadáver de su Hijo en los brazos, como la primera Dolorosa, mucho más bella y expresiva en su casi infinito dolor que todas las tallas que adornan nuestras procesiones de Semana Santa. Pero, ¿por qué no cotejar esta imagen tremenda de la Virgen con el cadáver de su Hijo en los brazos —mucho más bella que cualquier Pietá de Míquel Angel— con aquella otra, tan dulce, de la Virgen —una doncellita— con su hermosísimo Niño apretado junto a su corazón? Sólo así podremos darnos cuenta de la horrible transmutación que en el mundo causan nuestros pecados.
Finalmente, la Virgen presidió el sepelio de Jesús. Una blanca sábana envolvía aquel cadáver que Ella había cubierto de besos y de lágrimas. Pronto la pesada losa del sepulcro se interpuso entre Madre e Hijo. Y la Madre se sintió sola, con una soledad terrible, comparable a la que momentos antes había sentido Jesús al exclamar en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Es cierto que la Virgen creía firmísimamente en la resurrección de su Hijo; pero esta creencia, como observa San Bernardo, en nada se opone a los sufrimientos agudísimos ante la pasión de su Hijo; lo mismo que Éste pudo sufrir y sufrió, aun sabiendo que había de resucitar.
Que la Virgen Dolorosa nos infunda horror al pecado y marque nuestras almas con el imborrable sello del amor. El Amor, he ahí el secreto de la íntima tragedia que acabamos de contemplar.
Porque todo tiene su origen en aquello, que tan profundamente se grabó a San Juan, espectador excepcional de todo este drama: «De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito» (lo. 3, 16).


LAS CAMPANAS DE LA VIRGEN LLAMAN A FIESTA.



Las campanas de la Basílica de 
Ntra. Sra. de las Angustias 

DEVOCIÓN DEL BEATO A LA VIRGEN.


En las memorias que aporta la hermana del Siervo de Dios dice: “Mi madre (la madre del Beato) relataba siempre las andanzas de la infancia de mi hermano. Desde pequeño era tal su devoción y fervor a la Virgen, que las veces que se perdía lo encontraban tan tranquilo en la Iglesia de la Virgen de las Angustias, Patrona de Granada. Al preguntarle que hacía allí, contestaba que acompañando a la Virgen que esta muy sola. Para que no se “perdiera” más consiguió que mi madre le comprara una imagen de la Virgen. Con ella, hacía su “altarico” e invitaba a sus amigos a misa: el era el cura y como no tenía sotana, cuenta mi madre, que rompió un vestido negro y se hizo una. Aún guardo con emoción aquella imagen”.

La imagen está tomada de la red

Sigue relatando su hermana en la Positio para la “Causa de Beatificación  de José Álvarez-Benavides de la Torre y compañeros mártires”, entre los que se encuentra D. Ángel, que  “Sus devociones mayores eran el breviario y el rosario, que rezábamos juntos en casa. Era muy devoto de la Virgen. Quiso tener consigo una imagen de la Virgen que tenía en casa desde los 14 años. Esta misma devoción la fomentaba en la gente.