«La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm
13, 10).
¿Se le puede ordenar a alguien que ame? Si
entendemos el amor como un sentimiento, ¡evidentemente es imposible! Pero si
más bien lo entendemos como un don de Dios, la cosa cambia.
En la Carta a los Romanos, de la que está
tomada la Palabra de vida, Pablo describe precisamente la relación entre Ley y
amor, y afirma que el amor es pleno cumplimiento de la Ley. Poco antes nos ha
revelado de dónde proviene este amor: «La prueba de que Dios nos ama es que
Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Por
su parte, la Primera Carta de Juan dice: «En esto consiste el amor: no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).
«La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Nadie puede dar lo que no tiene. Lo había
entendido bien Agustín cuando, dirigiéndose directamente a Dios, pedía: «Da lo
que mandas y manda lo que quieras»[1].
Hemos recibido el don inestimable del amor de Dios y estamos llamados a no
guardárnoslo, sino a ponerlo en circulación. Podemos convertirnos en sujetos en
lugar de ser simples destinatarios del amor de Dios: pasar de amados a amantes,
y así participar en la vida misma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: el
Amante, el Amado y el Amor.
No tenemos con nadie otra deuda que la del
amor mutuo –nos reconforta Pablo–, pues quien ama al otro ha cumplido la Ley
(cf. Rm 13, 8).
«La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
«El verdadero amor al prójimo no causa ningún
daño –afirma Chiara Lubich–. Es decir, nos lleva a vivir todos los mandamientos
de Dios sin exclusión, ya que el primer objetivo que tienen es llevarnos a
evitar todas las formas del mal en que podríamos caer, ya sea contra nosotros
mismos o contra nuestros hermanos y hermanas»[2].
Así entendidos, los mandamientos de la Ley se
convierten en un don del amor de Dios más que en una obligación: no constriñen
nuestro amor, sino que lo liberan plenamente.
«La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Para alcanzar este «pleno cumplimiento», el
primer paso en el amar al prójimo es no hacerle daño. Pero además hace falta
ser creativos en el amor: «No basta con no hacer daño al prójimo –nos recordaba
el papa Francisco–; es necesario elegir hacer el bien aprovechando las
ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús»[3].
¿Cómo vivir entonces esta Palabra de Vida?
Volvamos a poner el amor en el centro de nuestra vida. Amemos a los demás
concretamente, como los amaría Jesús: Él es la plenitud del amor que se dona
completamente a Dios y a la humanidad. De Él podemos aprender la alta medida
del amor.
«La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Doris, una chica escocesa, nos cuenta: «En
nuestras visitas habituales a un refugio para personas sin hogar, entro en un
mundo muy distinto del mío. Sé que lo que cuenta no es tanto lo que siento,
sino amar. Un día, un hombre que reflejaba una profunda tristeza me confesó que
estaba dispuesto a terminar con todo, que quería incluso morir. Me puse
simplemente a escucharlo; luego nos tomamos juntos un bocadillo y un café. Y
entendí que escuchar y estar presente era ya un modo de demostrar amor. Cuando
llegó el momento de irme, me dio un fuerte abrazo, me sonrió y me dijo que lo
que estábamos haciendo era muy importante, no solo para él, sino para todos los
que estaban allí. Sentí la fuerza increíble del amor. Quizá no lo haya
“salvado”, pero su gratitud me llenó de alegría, y esto, ya de por sí, es muy
potente».
Claudio
Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida
[1]
Agustín de Hipona, Confesiones, X, 29, 40: da quod iubes et iube quod vis.
[2]
C. Lubich, Palabra de vida de septiembre de 1993: Palabras de Vida/2
(1991-2006) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 77.
[3]
Francisco, Audiencia general, 3-1-2018: El encuentro con el Resucitado.
Catequesis sobre la santa misa, Ciudad Nueva, Madrid 2018, p. 48.
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