jueves, 1 de noviembre de 2018

PALABRA DE VIDA DE NOVIEMBRE DE 2018.


«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20).
¿Cuántas veces oímos llamar a nuestra puerta? Puede ser el cartero, el vecino o un amigo de nuestro hijo, pero también un desconocido… ¿Qué querrá? ¿Será prudente abrir y dejar entrar en casa a alguien que no conocemos bien?
Esta Palabra de Dios, sacada del libro del Apocalipsis, nos invita a acoger a un huésped inesperado.
El autor de este libro tan instructivo para los cristianos habla aquí a la antigua Iglesia de Laodicea en nombre del Señor Jesús, muerto y resucitado por amor a toda criatura humana.
Habla con la autoridad que emana de este amor; alaba, corrige, invita a acoger la ayuda potente que el Señor mismo se prepara a ofrecer a esta comunidad de creyentes, siempre que estén disponibles a reconocer su voz y «abrirle la puerta».
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo».
Hoy como entonces, se invita a toda la comunidad cristiana a superar miedos, divisiones y falsas certezas para acoger la venida de Jesús. Él se presenta cada día con distintos «atuendos»: los sufrimientos cotidianos, las dificultades que implica el ser coherente, los retos que nos plantean las opciones importantes de la vida, pero sobre todo el rostro del hermano o de la hermana que se cruzan en nuestro camino.
Es también una invitación personal a «pararnos» con Jesús en un rato de intimidad, como con un amigo, en el silencio del atardecer, sentados a la misma mesa: el momento más propicio para un diálogo que requiere escucha y apertura. Acallar los ruidos es la condición para reconocer y oír su voz, su Espíritu, el único capaz de desbloquear nuestros miedos y hacer que abramos la puerta del corazón.
Chiara Lubich cuenta una experiencia suya: «Hay que hacer que todo calle en nosotros para descubrir en nuestro interior la Voz del Espíritu. Y hay que extraer esta Voz como se saca un diamante del fango: pulirla, exponerla y ofrecerla en el momento oportuno, porque es amor, y el amor hay que darlo: es como el fuego que, en contacto con paja y otras cosas, arde; de lo contrario se apaga. El amor debe crecer en nosotros y propagarse».
Dice el papa Francisco: «El Espíritu Santo es un don. […] Entra en nosotros y hace fructificar para que podamos darlo a los demás. […] Es propio del Espíritu Santo, por tanto, descentrarse de nuestro yo para abrirse al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: nosotros somos un instrumento de ese don para los demás».
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo».
Por el amor recíproco propio del Evangelio, los cristianos, como Él y con Él, pueden ser testigos, también en nuestros días, de esta presencia de Dios en los avatares de la historia.
En pleno flujo migratorio en zonas fronterizas, hay quienes oyen llamar a su puerta. Delia nos cuenta: «Un caluroso domingo por la tarde vi sentadas en la acera delante de mi bar a un grupo de madres con sus hijos llorando de hambre. Las invité a entrar y les expliqué que iba a dar de comer gratis a los niños. Las madres sentían vergüenza porque no tenían dinero, pero insistí y aceptaron. Se corrió la voz, y hoy se ha convertido en el bar de los migrantes, musulmanes en su mayoría. Muchos me llaman «Mamá África». Mi clientela de antes se ha ido perdiendo poco a poco, así que la zona dedicada a que jugasen los ancianos se ha convertido en la sala de los niños, donde pueden pintar y jugar, con un pequeño cambiador para mudar a los recién nacidos y aliviar un poco a las madres; o también se transforma en clase para enseñar italiano. Lo mío no ha sido una opción, sino la exigencia de no mirar para otro lado. Gracias a los migrantes he conocido a muchas personas y asociaciones que me financian y me ayudan a seguir adelante. Si me viese ahora en las mismas, volvería a hacerlo. ¡A mí lo que me importa es dar!».
Todos estamos invitados a acoger al Señor que llama, para salir junto con Él al encuentro de quienes tenemos cerca.
Será el Señor mismo quien se abra paso en nuestra vida con su presencia.
LETIZIA MAGRI

miércoles, 31 de octubre de 2018

INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN EN LA CATEDRAL DEDICADA A LOS MÁRTIRES DE LA ALPUJARRA.


Comenzará con la Eucaristía a las 11 horas, en el templo catedralicio.
Dentro de unas semanas, se conmemora el 450 aniversario del levantamiento de los moriscos que en pocos días produjo cientos de martirios de sacerdotes, religiosos y laicos en la Alpujarra, con la destrucción de templos, imágenes y objeto de culto.
Por ello, la Comisión diocesana de los mártires de la Alpujarra y el Cabildo Catedralicio han organizado una exposición dedicada a los mártires de la Alpujarra, que se inaugura mañana jueves, Solemnidad de Todos los Santos, con la Eucaristía a las 11 horas.
La exposición podrá visitarse hasta el 26 de diciembre, fiesta litúrgica del protomártir San Esteban. Ese día concluirá con la Eucaristía a las 19 horas.
La muestra podrá verse durante la visita cultural en la Catedral y en grupos organizados por parroquias, movimientos apostólicos, colegios y asociaciones, y grupos cristianos concertando previamente una cita en la Curia Metropolitana (tfno. 958-21-63-23). Hay posibilidad también de realizar visitas guiadas por grupos, previa inscripción en la Curia Metropolitana (Plaza Alonso Cano). En ese caso, se les señalará día y hora para realizar la visita y se les facilitará la entrada para la exposición.
Hasta su clausura, durante el mes de noviembre, la exposición irá acompañada de una serie de conferencias, que tendrán lugar en el Centro Cultural Nuevo Inicio, a las 19:30 horas, con distintos temas en torno a los mártires de la Alpujarra: “La Iglesia y el Reino de Granada en torno a la rebelión de los moriscos”, “Martirios en la Alpujarra en la Navidad de 1568” y “Teología del martirio”.
FUENTE NOTICIAS DE LA ARCHIDIOCESIS
Miércoles 31 de octubre de

miércoles, 3 de octubre de 2018

PALABRA DE VIDA DE OCTUBRE DE 2018.


«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».  (Ga 5, 18).
El apóstol Pablo escribe una carta a los cristianos de Galacia, una región en el centro de la actual Turquía que él mismo había evangelizado y a la que tiene mucho afecto. Algunos de esta comunidad sostenían que los cristianos debían observar las prescripciones de la ley de Moisés para ser gratos a Dios y alcanzar la salvación.
Pero Pablo afirma más bien que ya no estamos «bajo la ley», porque, con su muerte y resurrección, el propio Jesús, Hijo de Dios y Salvador de la humanidad, se ha convertido para todos en Camino hacia el Padre. La fe en Él abre nuestro corazón a la acción del Espíritu de Dios, que nos guía y nos acompaña por los caminos de la vida.
Es decir, según Pablo no se trata de «no observar la ley», sino más bien de llevarla a su raíz última y más exigente dejándonos guiar por el Espíritu. De hecho, unas líneas más arriba, Pablo escribe: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5, 14).
En efecto, en el amor cristiano a Dios y al prójimo encontramos la libertad y la responsabilidad de los hijos: a ejemplo de Jesús, estamos llamados a amar a todos, a ser los primeros en amar y a amar al otro como a nosotros mismos, incluso a quienes percibimos como enemigos.
«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».
El amor que procede de Dios nos empuja a ser personas responsables en la familia, en el trabajo y dondequiera que nos movamos. Estamos llamados a construir relaciones de paz, de justicia y legalidad.
La ley del amor es el fundamento más sólido de nuestro ser social, como cuenta María: «Doy clases en la periferia de París, en una zona desfavorecida y con una población escolar multicultural. Llevo a cabo proyectos interdisciplinares para trabajar en equipo, vivir la fraternidad entre los compañeros y así ser creíbles cuando proponemos este modelo a los alumnos. He aprendido a no esperar resultados inmediatos, incluso cuando un chaval no cambia. Lo importante es seguir creyendo en él y acompañarlo, valorándolo y gratificándolo. A veces me parece que no consigo cambiar nada, y otras veces, en cambio, tengo la prueba tangible de que las relaciones que hemos construido dan fruto, como sucedió con una alumna mía que durante las clases no participaba de modo constructivo. Le expliqué con calma y firmeza que, para vivir en armonía, cada cual debe hacer su parte. Y entonces me escribió: "Pido disculpas por mi comportamiento, no volverá a suceder. Sé que usted se espera de nosotros acciones concretas y no palabras, y quiero comprometerme a hacerlo. Usted es una persona que nos transmite a los alumnos valores justos y ganas de superarnos"».
«Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley».
Vivir en el amor no es un simple fruto de nuestros esfuerzos. El Espíritu que se nos ha dado -y que podemos seguir pidiendo- es el que nos da la fuerza para ser cada vez más libres de la esclavitud del egoísmo y vivir en el amor.
Escribe Chiara Lubich: «Es el amor el que nos mueve, el que nos sugiere cómo responder a las situaciones y opciones que estamos llamados a vivir. El amor nos enseña a distinguir: esto está bien: lo hago; esto está mal: no lo hago. El amor nos mueve a actuar procurando el bien del otro. No somos guiados desde fuera, sino por ese principio de vida nueva que el Espíritu ha puesto dentro de nosotros. Fuerzas, corazón, mente y todas nuestras capacidades pueden "caminar según el Espíritu" porque están unificados por el amor y puestos a completa disposición del proyecto de Dios sobre nosotros y sobre la sociedad. Somos libres de amar».
LETIZIA MAGRI

sábado, 1 de septiembre de 2018

PALABRA DE VIDA DE SEPTIEMBRE DE 2018.


«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas» (St 1,21).
La Palabra de este mes procede de un texto atribuido a Santiago -figura de relieve en la Iglesia de Jerusalén-, el cual recomienda al cristiano la coherencia entre el creer y el actuar.
En el comienzo del versículo se subraya una condición esencial: «desechar toda abundancia de mal» para recibir la Palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y de ese modo caminar hacia la plena realización de la vocación cristiana.
La Palabra de Dios tiene una fuerza muy peculiar: es creadora, produce frutos buenos en la persona y en la comunidad, construye relaciones de amor entre cada uno de nosotros y Dios y entre las personas. y, según dice Santiago, ya ha sido «sembrada» en nosotros.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas».
¿Cómo es posible? Ciertamente, porque Dios pronunció ya en la creación una Palabra definitiva: el hombre es «imagen» de Él. De hecho cada criatura humana es el «tú» de Dios, llamado a la existencia para compartir la vida de amor y comunión de Dios. Pero, para los cristianos, es el sacramento del bautismo el que nos introduce en Cristo, Palabra de Dios que ha entrado en la historia humana.
Así pues, en cada persona Él ha depositado la semilla de su Palabra, la cual llama a la persona al bien, a la justicia, a la donación y a la comunión. Esta semilla, acogida y cultivada con amor en nuestra «tierra», es capaz de producir vida y frutos.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»,
Un lugar claro donde Dios nos habla es la Biblia, que para los cristianos culmina en los Evangelios. Es preciso acoger su Palabra en la lectura amorosa de la Escritura; y si la vivimos, podemos ver sus frutos.
También podemos escuchar a Dios en lo profundo de nuestro corazón, donde con frecuencia sentimos la injerencia de muchas «voces» y «palabras»: eslóganes y ofertas de opciones y modelos de vida, o también preocupaciones y miedos... ¿Cómo reconocer la Palabra de Dios y hacerle espacio para que viva en nosotros?
Hace falta desarmar el corazón y «rendirnos» a la invitación de Dios de ponernos a escuchar con libertad y valentía su voz, que suele ser la más sutil y discreta. Y esta nos insta a salir de nosotros mismos y aventurarnos por los caminos del diálogo y del encuentro con Él y con los demás, nos invita a colaborar para hacer una humanidad más bella, en la que todos nos reconozcamos cada vez más hermanos.
«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»,
En realidad la Palabra de Dios puede transformar nuestra vida cotidiana en una historia que nos libera de la oscuridad del mal personal y social, pero pide nuestra adhesión personal y consciente, aunque sea imperfecta, frágil y siempre en camino.
Nuestros sentimientos y nuestros pensamientos se parecerán cada vez más a los del propio Jesús, nuestra fe y nuestra esperanza en el Amor de Dios saldrán reforzadas, a la vez que nuestros ojos y brazos se abrirán a las necesidades de los hermanos.
Así lo sugería Chiara Lubich en 1992: «En Jesús veíamos una profunda unidad entre el amor que Él tenía por el Padre celestial y el amor a sus hermanos los hombres. Había una coherencia extrema entre sus palabras y su vida. Y esto fascinaba y atraía a todos. Así debemos ser también nosotros. Debemos acoger con la sencillez de los niños las palabras de Jesús y ponerlas en práctica con la pureza y luminosidad que tienen, con su fuerza y radicalidad, para ser discípulos como Él quiere, es decir, discípulos iguales a su Maestro: otros tantos Jesús dispersos por el mundo. ¿Podemos vivir una aventura más grande y más hermosa?».
LETIZIA MAGRI

miércoles, 1 de agosto de 2018

PALABRA DE VIDA DE AGOSTO DE 2018.


«Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31,3)
El profeta Jeremías es enviado por Dios al pueblo de Israel, que está viviendo una dolorosa experiencia de exilio en tierra babilónica y ha perdido todo lo que había representado su identidad y su elección: la tierra, el templo, la ley...
Sin embargo, la palabra del profeta desgarra este velo de dolor y turbación. Es cierto: al entregarse a la destrucción, Israel se ha demostrado infiel al pacto de amor con Dios. Pero he aquí el anuncio de una nueva promesa de libertad, de salvación, de renovada alianza, que Dios, con su amor eterno y nunca revocado, prepara para su pueblo.
«Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
La dimensión eterna e irrevocable de la fidelidad de Dios es una cualidad de su amor: Él es el Padre de toda criatura humana, un Padre que toma la iniciativa en el amor y que se compromete para siempre. Su fidelidad alcanza a cada uno de nosotros y nos permite arrojar en Él cualquier preocupación que pueda frenarnos. Gracias a este Amor eterno y paciente podemos crecer y mejorar en la relación con Él y con los demás.
Somos muy conscientes de que no nos mantenemos firmes en nuestro compromiso, aunque sincero, de amar a Dios y a los hermanos. Pero la fidelidad de Él para con nosotros es gratuita, nos precede siempre, independientemente de nuestras «prestaciones». Con esta gozosa certeza podemos liberarnos de nuestro horizonte limitado, ponernos cada día de nuevo en camino y convertirnos también nosotros en testigos de esta ternura «materna».
«Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
Esta mirada de Dios sobre la humanidad pone de manifiesto también un gran designio de fraternidad, que encontrará en Jesús su pleno cumplimiento. Pues Él testimonió su confianza en el amor de Dios con la palabra y sobre todo con el ejemplo de toda su vida.
Nos abrió el camino para imitar al Padre en el amor a todos (cf. Mt 5, 43ss.) y nos desveló que la vocación de todo hombre y mujer es contribuir a edificar relaciones de acogida y diálogo en su entorno.
¿Cómo viviremos la Palabra de vida de este mes?
Chiara Lubich invita a tener un corazón de madre: «[…] Una madre acoge siempre, ayuda siempre, espera siempre, lo cubre todo. […] De hecho el amor de una madre es muy parecido a la caridad de Cristo, de la que habla el apóstol Pablo. Si tenemos el corazón de una madre o, para ser más exactos, si nos proponemos tener el corazón de la madre por excelencia, María, estaremos siempre dispuestos a amar a los demás en todas las circunstancias y, por tanto, a mantener vivo en nosotros al Resucitado. […] Si tenemos el corazón de esta Madre, amaremos a todos: no solo a los miembros de nuestra Iglesia, sino también a los de las demás; no solo a los cristianos, sino también a los musulmanes, a los budistas, a los hindúes, etc.; también a los hombres de buena voluntad y a todo hombre que habita la tierra […]».
«Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
Esto cuenta una joven esposa que comenzó a vivir el Evangelio en la familia: «Sentía una alegría que nunca antes había experimentado y el deseo de derramar este amor más allá de las cuatro paredes de casa. Recuerdo por ejemplo que corrí al hospital para acompañar a la mujer de un compañero de trabajo que había intentado suicidarse. Conocía desde hacía tiempo sus dificultades, pero, absorta en mis problemas, no me había preocupado de ayudarla. Ahora sí hice mío su dolor, y no me quedé tranquila mientras no se resolvió la situación que la había empujado a dar ese paso. Este episodio marcó para mí el inicio de un cambio de mentalidad. Me hizo comprender que, si amo, puedo ser para cada uno que pasa a mi lado un reflejo -aunque sea pequeñísimo- del mismo amor de Dios».
Y ¿qué pasaría si también nosotros, sostenidos por el amor fiel de Dios, nos pusiésemos libremente en esta actitud interior ante todos aquellos con quienes nos encontremos durante el día?
LETIZIA MAGRI

domingo, 1 de julio de 2018

PALABRA DE VIDA DE JULIO DE JULIO DE 2018.


«Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza» (2 Co 12,9).
En su segunda carta a la comunidad de Corinto, el apóstol Pablo se mide con unos cuantos que ponen en cuestión la legitimidad de su actividad apostólica. Pero no se defiende enumerando sus méritos y sus logros; al contrario, pone de manifiesto la obra que Dios ha cumplido en él y a través de él.
Pablo alude a una experiencia mística suya de profunda relación con Dios (cf. 2 Co 11, 1-7), pero para compartir acto seguido su sufrimiento por una «espina» que lo atormenta. No explica de qué se trata exactamente, pero se entiende que es una dificultad grande que podría limitarlo en su tarea de evangelizador. Por ello, confiesa haberle pedido a Dios que lo libere de ese impedimento. Pero la respuesta que recibe del mismo Dios es perturbadora.
«Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza».
Todos experimentamos continuamente las debilidades físicas, psicológicas y espirituales nuestras y de los demás, y vemos a nuestro alrededor una humanidad a menudo afligida y extraviada. Nos sentimos débiles e incapaces de resolver esas dificultades, incluso de hacerles frente, y como mucho nos limitamos a no hacer mal a nadie.
Sin embargo, esta experiencia de Pablo nos abre un horizonte nuevo: reconociendo y aceptando nuestra debilidad, podemos abandonarnos plenamente en brazos del Padre, que nos ama tal como somos y quiere ayudarnos en nuestro camino. Y de hecho, más adelante en esta carta, afirma: «cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Co 12, 10).
A propósito de esto, Chiara Lubich escribió: «[...] ante tal afirmación, nuestra razón se rebela, pues hay una contradicción flagrante o simplemente una audaz paradoja. En realidad esta expresa una de las verdades más altas de la fe cristiana. Jesús nos la explica con su vida y sobre todo con su muerte. ¿Cuándo cumplió la obra que el Padre le había encomendado? ¿Cuándo redimió a la humanidad? ¿Cuándo venció al pecado? Cuando murió en la cruz, reducido a nada, después de gritar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?': Jesús fue más fuerte precisamente cuando era más débil. Jesús habría podido dar origen al nuevo pueblo de Dios solo con su predicación, o con más milagros, o con algún signo extraordinario. Pero no. No, porque la Iglesia es obra de Dios, y es en el dolor -y solo en el dolor- donde florecen las obras de Dios. Así pues, en nuestra debilidad, en la experiencia de nuestra fragilidad se esconde una ocasión única: la de experimentar la fuerza de Cristo muerto y resucitado [...]»,
«Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza»,
Es la paradoja del Evangelio: a los mansos se les promete en herencia la tierra (cf. Mt 5, 5); María exalta en el Magníficat (cf. Lc 1, 46-55) el poder del Señor, que puede expresarse totalmente y definitivamente -en la historia personal y en la historia de la humanidad- precisamente en el espacio de la pequeñez y de la total confianza en la acción de Dios.
Comentando esta experiencia de Pablo, Chiara sugería además: «[...] la opción que los cristianos debemos hacer es de signo absolutamente contrario a la que se hace normalmente. En esto vamos en verdad a contracorriente. En general, el ideal de vida del mundo consiste en el éxito, el poder, el prestigio... Pablo, al contrario, nos dice que hay que gloriarse en la flaqueza [...] Fiémonos de Dios. Él actuará sobre nuestra debilidad, sobre nuestra nada. Y cuando Él actúa, podemos estar seguros de que realiza obras que valen, que irradian un bien duradero y responden a las necesidades auténticas de los individuos y de la colectividad».
LETIZIA MAGRI