«No
maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en
el país de Egipto» (Ex 22, 20)
La Palabra de
vida de este mes está tomada del Éxodo, que relata las condiciones desesperadas
de los israelitas en Egipto. Oprimidos y reducidos a esclavos, claman al cielo
pidiendo ayuda. Dios decide intervenir, y elige a Moisés como enviado suyo.
Después de la liberación tiene lugar la ceremonia que sella la Alianza entre
Dios e Israel en un documento llamado «Código de la Alianza» (Ex 20-23),
aceptado por todo el pueblo (cf. Ex 24) y cuya parte más conocida son los diez
mandamientos. A estos se añaden otras prescripciones y leyes de diverso tipo,
relacionadas con el evento extraordinario de la liberación. La frase de este
mes proviene de este patrimonio de normas de vida y de comportamiento.
«No
maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en
el país de Egipto».
El extranjero
es una de las categorías preferidas por Dios, pues está entre los más
vulnerables, como el pobre, el huérfano y la viuda. Esta norma apela ante todo
a la memoria de todo lo que vivieron los israelitas siendo esclavos en Egipto.
La intervención poderosa de Dios en el Éxodo se reproduce continuamente en el
Antiguo Testamento, como un evento que el pueblo ha de tener siempre presente,
que se repite de diversos modos en cada generación
Este
mandamiento apela a la empatía: ponerse en el lugar de los demás ayuda a
comprenderlos y a entender qué necesitan. A quien ha pasado por una experiencia
difícil le resulta más fácil identificarse con el dolor del otro. Pero en el
Antiguo Testamento no se trata solo de una experiencia humana: el primero en
dar ejemplo de lo que significa entrar en la situación de los demás es Dios
mismo.
«No
maltratarás al forastero, ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en
el país de Egipto»
¿Cómo poner en
práctica esta Palabra de vida? Podríamos preguntarnos: ¿me he sentido alguna
vez extranjero, no aceptado, no acogido, incomprendido, fuera de lugar? ¿Qué he
aprendido de estas situaciones? ¿Quién es para mí el extranjero y quién es para
Dios? ¿Cómo puedo acogerlo sin reservas, tal como hace el Señor con nosotros? ¿Qué
puedo hacer concretamente? Escribe Chiara Lubich: «Con un Dios que no hace
distinción entre las personas, ¿cómo no grabarse en el corazón la fraternidad
universal? Como hijos del mismo Padre, podemos descubrirnos hermanos y hermanas
de cada hombre y mujer con quien nos relacionamos. Por lo tanto, si somos todos
hermanos y hermanas, debemos amar a todos, empezando por quienes tenemos al
lado, sin detenernos. Así, nuestro amor no será platónico y abstracto, sino
concreto, a base de servicio. Un amor capaz de ir al encuentro del otro; de
entablar un diálogo, de identificarse con sus situaciones de necesidad, de
asumir sus cargas y preocupaciones. Hasta que el otro se sienta comprendido y
acogido en su diversidad y libre de expresar toda la riqueza que lleva consigo»[1].
Cuenta Maryam,
una joven paquistaní: «En un local, vi cómo el propietario le negaba un té a
una señora mayor. Yo solo llevaba unas rupias, pero me parecía que debía
ayudarla, así que me acerqué al dueño y le dije que yo pagaría. Primero me miró
dubitativo, pero después sonrió y me dijo: "No es justo. Si una cliente
está dispuesta a poner lo poco que tiene para preocuparse por ella ¡cuánto más
generoso debería ser yo como propietario! Para mí es más fácil darle una taza
de té gratis que dejar que pagues tú". Fue una experiencia fuerte.
Procurando amar a la señora y al propietario, he visto que un simple gesto de
amabilidad puede abrir el corazón de otra persona».
Augusto
Parody Reyes y el equipo de la Palabra de Vida
[1] C. Lubich, Palabra de vida de mayo de 2006:
Palabras de Vido/2 (1991-2006) (cd. F. Clardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p.
351.

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