Queridos hermanos y hermanas:
Me sumo a la oración que la Conferencia
Episcopal ha promovido, como signo de unidad para todo el país.
En esta situación sin precedentes, en la que
todo parece tambalearse, ayudémonos a mantenernos firmes en lo que realmente
importa. Es una señal del camino a seguir que encuentro en tantas cartas de
vuestros pastores que, compartiendo un momento tan dramático, quieren sostener
con su palabra vuestra esperanza y vuestra fe.
El rezo del Rosario es la oración de los
humildes y de los santos que, en sus misterios, con María contemplan la vida de
Jesús, rostro misericordioso del Padre. ¡Y cuánto necesitamos todos ser
verdaderamente consolados, sentirnos envueltos por su presencia de amor!
La verdad de esta experiencia se mide en
nuestra relación con los demás, que en este momento coinciden con nuestros
parientes más cercanos: estemos cerca unos de otros, ejerciendo, nosotros los
primeros, la caridad, la comprensión, la paciencia y el perdón.
Por necesidad nuestros espacios pueden
haberse reducido a las paredes de casa, pero tened un corazón más grande, donde
el otro siempre pueda encontrar disponibilidad y acogida.
Esta noche recemos unidos, confiando en la
intercesión de San José, Custodio de la Sagrada Familia, Custodio de todas
nuestras familias. El carpintero de Nazaret conoció también la precariedad y la
amargura, la preocupación por el mañana; pero supo caminar en la oscuridad de
ciertos momentos, dejándose guiar siempre sin reservas por la voluntad de Dios.
Protege, Santo Guardián, a nuestro país.
Ilumina a los responsables del bien común,
para que sepan, como tú, cómo cuidar de las personas que les han sido
confiadas.
Concede la inteligencia de la ciencia a
aquellos que buscan medios adecuados para la salud y el bienestar físico de los
hermanos .
Sostiene a los que atienden a los
necesitados: voluntarios, enfermeros, médicos, que están en primera línea
curando los enfermos, incluso a costa de su propia incolumidad.
Bendice, San José, a la Iglesia: empezando
por sus ministros, hazla signo e instrumento de tu luz y de tu bondad.
Acompaña, San José, a las familias: con tu
silencio orante, construye la armonía entre padres e hijos, especialmente los
más pequeños.
Defiende a los ancianos de la soledad: haz
que ninguno sea dejado a la desesperación del abandono y del desánimo.
Consuela a los más frágiles, anima a los que
flaquean, intercede por los pobres.
Con la Virgen Madre, suplica al Señor que
libere al mundo de toda forma de pandemia.
Amén.
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