jueves, 13 de agosto de 2020

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 2. FE Y DIGNIDAD HUMANA.

 

Catequesis - “Curar el mundo”: 2. Fe y dignidad humana

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La pandemia ha puesto de relieve lo vulnerables e interconectados que estamos todos. Si no cuidamos el uno del otro, empezando por los últimos, por los que están más afectados, incluso de la creación, no podemos sanar el mundo.

Es loable el compromiso de tantas personas que en estos meses están demostrando el amor humano y cristiano hacia el prójimo, dedicándose a los enfermos poniendo también en riesgo su propia salud. ¡Son héroes! Sin embargo, el coronavirus no es la única enfermedad que hay que combatir, sino que la pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias. Una de estas es la visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional. A veces miramos a los otros como objetos, para usar y descartar. En realidad, este tipo de mirada ciega y fomenta una cultura del descarte individualista y agresiva, que transforma el ser humano en un bien de consumo (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 53; Enc. Laudato si’ [LS], 22).

A la luz de la fe sabemos, sin embargo, que Dios mira al hombre y a la mujer de otra manera. Él nos ha creado no como objetos, sino como personas amadas y capaces de amar; nos ha creado a su imagen y semejanza (cfr. Gen 1, 27). De esta manera nos ha donado una dignidad única, invitándonos a vivir en comunión con Él, en comunión con nuestras hermanas y nuestros hermanos, en el respeto de toda la creación. En comunión, en armonía, podemos decir. La creación es una armonía en la que estamos llamados a vivir. Y en esta comunión, en esta armonía que es comunión, Dios no dona la capacidad de procrear y de custodiar la vida (cfr. Gen 1, 28-29), de trabajar y cuidar la tierra (cfr. Gen 2,15; LS, 67). Se entiende que no se puede procrear y custodiar la vida sin armonía; será destruida.

De esa mirada individualista, la que no es armonía,  tenemos un ejemplo en los Evangelios, en la petición que la madre de Santiago y Juan hace a Jesús (cfr. Mt 20, 20-28). Ella quiere que sus hijos puedan sentarse a la derecha y a la izquierda del nuevo rey. Pero Jesús propone otro tipo de visión: la del servicio y del dar la vida por los otros, y la confirma devolviendo inmediatamente después la vista a dos ciegos y haciéndoles sus discípulos (cfr. Mt 20, 29-34). Tratar de trepar en la vida, de ser superiores a los otros, destruye la armonía. Es la lógica del dominio, de dominar a los otros. La armonía es otra cosa: es el servicio.

Pidamos, por tanto, al Señor que nos dé ojos atentos a los hermanos y a las hermanas, especialmente a aquellos que sufren. Como discípulos de Jesús no queremos ser indiferentes ni individualistas, estas son las dos actitudes malas contra la armonía. Indiferente: yo miro a otro lado. Individualistas: mirar solamente el propio interés. La armonía creada por Dios nos pide mirar a los otros, las necesidades de los otros, los problemas de los otros, estar en comunión. Queremos reconocer la dignidad humana en cada persona, cualquiera que sea su raza, lengua o condición. La armonía te lleva a reconocer la dignidad humana, esa armonía creada por Dios, con el hombre en el centro.

El Concilio Vaticano II subraya que esta dignidad es inalienable, porque  «ha sido creada a imagen de Dios» (Const. past. Gaudium et spes, 12). Es el fundamento de toda la vida social y determina los principios operativos. En la cultura moderna, la referencia más cercana al principio de la dignidad inalienable de la persona es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, que San Juan Pablo II definió «piedra miliar puesta en el largo y difícil camino del género humano», y como «una de las más altas expresiones de la conciencia humana». Los derechos no son solo individuales, sino también sociales; son de los pueblos, de las naciones. El ser humano, de hecho, en su dignidad personal, es un ser social, creado a imagen de Dios Uno y Trino. Nosotros somos seres sociales, necesitamos vivir en esta armonía social, pero cuando hay egoísmo, nuestra mirada no va a los otros, a la comunidad, sino que vuelve sobre nosotros mismos y esto nos hace feos, malos, egoístas, destruyendo la armonía.

Esta renovada conciencia de la dignidad de todo ser humano tiene serias implicaciones sociales, económicas y políticas. Mirar al hermano y a toda la creación como don recibido por el amor del Padre suscita un comportamiento de atención, de cuidado y de estupor. Así el creyente, contemplando al prójimo como un hermano y no como un extraño, lo mira con compasión y empatía, no con desprecio o enemistad. Y contemplando el mundo a la luz de la fe, se esfuerza por desarrollar, con la ayuda de la gracia, su creatividad y su entusiasmo para resolver los dramas de la historia. Concibe y desarrolla sus capacidades como responsabilidades que brotan de su fe, como dones de Dios para poner al servicio de la humanidad y de la creación.

Mientras todos nosotros trabajamos por la cura de un virus que golpea a todos indistintamente, la fe nos exhorta a comprometernos seria y activamente para contrarrestar la indiferencia delante de las violaciones de la dignidad humana. Esta cultura de la indiferencia que acompaña la cultura del descarte: las cosas que no me tocan no me interesan. La fe siempre exige que nos dejemos sanar y convertir de nuestro individualismo, tanto personal como colectivo; un individualismo de partido, por ejemplo.

Que el Señor pueda “devolvernos la vista” para redescubrir qué significa ser miembros de la familia humana. Y esta mirada pueda traducirse en acciones concretas de compasión y respeto para cada persona y de cuidado y custodia para nuestra casa común.


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que nos conceda ojos atentos para ver en las personas, de cualquier raza, lengua o condición, miembros de la única familia humana. Y que esta mirada se traduzca en acciones concretas de ayuda a los que más sufren, y de cuidado y respeto a nuestra casa común. Que el Señor los bendiga.


Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Es loable el compromiso de tantas personas que en estos meses dan testimonio del amor humano y cristiano dedicándose a los enfermos, aun arriesgando la propia salud. Sin embargo, la pandemia también ha puesto en evidencia patologías sociales que distorsionan la visión de la persona, ignorando su dignidad y su carácter relacional, y que fomentan la cultura del descarte, transformando al ser humano en un bien de consumo.

A la luz de la fe, sabemos que Dios mira al hombre y a la mujer de otro modo. Nos mira no como objetos, sino como personas amadas y capaces de amar, creadas a su imagen y semejanza. Al invitarnos a vivir en comunión con Él y con los demás, en el respeto de todo lo creado, nos ha dado una dignidad única. Una dignidad inalienable que tiene serias implicaciones sociales, económicas y políticas. En la cultura moderna, la referencia más cercana al principio de la dignidad inalienable de la persona es la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A los creyentes, mirar al prójimo y a la creación como un don recibido del amor del Padre, nos lleva a no ser indiferentes, a estar atentos a quienes nos rodean; a sentir compasión y empatía, no desprecio y enemistad. Y al contemplar el mundo a la luz de la fe podemos desarrollar, con ayuda de la gracia, nuestros dones y capacidades para resolver los dramas de la historia, poniéndonos al servicio de la humanidad y de toda la creación.

 

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO

Biblioteca del Palacio Apostólico.

Miércoles, 12 de agosto de 2020

FUENTE: VATICAN_VA

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE “CURAR EL MUNDO”:

 

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 1. INTRODUCCION.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 2. FE Y DIGNIDAD HUMANA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 3 LA OPCION PREFERENCIAL POR LOS POBRES Y LA VIRTUD DE LA CARIDAD.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 4. EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES Y LA VIRTUD DE LA ESPERANZA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 5. LA SOLIDARIDAD Y LA VIRTUD DE LA FE.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 6 AMOR Y BIEN COMÚN.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 7 CUIDADO DE LA CASA COMÚN Y ACTITUD CONTEMPLATIVA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 8. SUBSIDIARIEDAD Y VIRTUD DE LA ESPERANZA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 9. PREPARAR EL FUTURO JUNTO CON JESUS QUE SANA Y SALVA.

jueves, 6 de agosto de 2020

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 1 INTRODUCCION.

 

Catequesis - “Curar el mundo”: 1. El misterio de la oración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La pandemia sigue causando heridas profundas, desenmascarando nuestras vulnerabilidades. Son muchos los difuntos, muchísimos los enfermos, en todos los continentes. Muchas personas y muchas familias viven un tiempo de incertidumbre, a causa de los problemas socio-económicos, que afectan especialmente a los más pobres.

Por eso debemos tener bien fija nuestra mirada en Jesús (cfr. Hb 12, 2) y con esta fe abrazar la esperanza del Reino de Dios que Jesús mismo nos da (cfr. Mc 1,5; Mt 4,17; CIC, 2816). Un Reino de sanación y de salvación que está ya presente en medio de nosotros (cfr. Lc 10,11). Un Reino de justicia y de paz que se manifiesta con obras de caridad, que a su vez aumentan la esperanza y refuerzan la fe (cfr. 1 Cor 13,13). En la tradición cristiana, fe, esperanza y caridad son mucho más que sentimientos o actitudes. Son virtudes infundidas en nosotros por la gracia del Espíritu Santo (cfr. CIC, 1812-1813): dones que nos sanan y que nos hacen sanadores, dones que nos abren a nuevos horizontes, también mientras navegamos en las difíciles aguas de nuestro tiempo.

Un nuevo encuentro con el Evangelio de la fe, de la esperanza y del amor nos invita a asumir un espíritu creativo y renovado. De esta manera, seremos capaces de transformar las raíces de nuestras enfermedades físicas, espirituales y sociales. Podremos sanar en profundidad las estructuras injustas y sus prácticas destructivas que nos separan los unos de los otros, amenazando la familia humana y nuestro planeta.

El ministerio de Jesús ofrece muchos ejemplos de sanación. Cuando sana a aquellos que tienen fiebre (cfr. Mc 1,29-34), lepra (cfr. Mc 1,40-45), parálisis (cfr. Mc 2,1-12); cuando devuelve la vista (cfr. Mc 8,22-26; Jn 9,1-7), el habla o el oído (cfr. Mc 7,31-37), en realidad sana no solo un mal físico, sino toda la persona. De tal manera la lleva también a la comunidad, sanada; la libera de su aislamiento porque la ha sanado.

Pensemos en el bellísimo pasaje de la sanación del paralítico de Cafarnaúm (cfr. Mc 2,1-12), que  hemos escuchado al principio de la audiencia. Mientras Jesús está predicando en la entrada de la casa, cuatro hombres llevan a su amigo paralítico donde Jesús; y como no podían entrar, porque había una gran multitud, hacen un agujero en el techo y descuelgan la camilla delante de él que está predicando. «Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Y después, como signo visible, añade: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (v. 11).

¡Qué maravilloso ejemplo de sanación! La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en Él, al amor que demuestran tener los unos por los otros. Y por tanto Jesús sana, pero no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo, digamos así. Una sanación física y espiritual, todo junto, fruto de un encuentro personal y social. Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, hayan crecido gracias al gesto de Jesús. ¡El encuentro sanador con Jesús!

Y entonces nos preguntamos: ¿de qué modo podemos ayudar a sanar nuestro mundo, hoy? Como discípulos del Señor Jesús, que es médico de las almas y de los cuerpos, estamos llamados a continuar «su obra de curación y de salvación» (CIC, 1421) en sentido físico, social y espiritual.

La Iglesia, aunque administre la gracia sanadora de Cristo mediante los Sacramentos, y aunque proporcione servicios sanitarios en los rincones más remotos del planeta, no es experta en la prevención o en el cuidado de la pandemia. Y tampoco da indicaciones socio-políticas específicas (cfr. S. Pablo VI, Cart. ap.Octogesima adveniens, 14 de mayo 1971, 4). Esta es tarea de los dirigentes políticos y sociales. Sin embargo, a lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales que son fundamentales (cfr Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia160-208), principios que pueden ayudarnos a ir adelante, para preparar el futuro que necesitamos. Cito los principales, entre ellos estrechamente relacionados entre sí: el principio de la dignidad de la persona, el principio del bien común, el principio de la opción preferencial por los pobres, el principio de la destinación universal de los bienes, el principio de la solidaridad, de la subsidiariedad, el principio del cuidado de nuestra casa común. Estos principios ayudan a los dirigentes, los responsables de la sociedad a llevar adelante el crecimiento y también, como en este caso de pandemia, la sanación del tejido personal y social. Todos estos principios expresan, de formas diferentes, las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor.

En las próximas semanas, os invito a afrontar juntos las cuestiones apremiantes que la pandemia ha puesto de relieve, sobre todo las enfermedades sociales. Y lo haremos a la luz del Evangelio, de las virtudes teologales y de los principios de la doctrina social de la Iglesia. Exploraremos juntos cómo nuestra tradición social católica puede ayudar a la familia humana a sanar este mundo que sufre de graves enfermedades. Es mi deseo reflexionar y trabajar todos juntos, como seguidores de Jesús que sana, para construir un mundo mejor, lleno de esperanza para las generaciones futuras (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre 2013, 183).


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Dios nos invita a colaborar con Él y, como discípulos de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, continuar con su obra de curación y de salvación, en sentido físico, espiritual y social. Que el Señor nos conceda trabajar todos juntos, con un espíritu creativo y renovado, en la construcción de un mundo mejor, lleno de esperanza para las futuras generaciones. Que Dios los bendiga.

* * *

Ayer en Beirut, en la zona del puerto, explosiones fortísimas causaron decenas de muertos y miles de heridos, y muchas graves destrucciones. Rezamos por las víctimas y por sus familiares; y rezamos por el Líbano, para que, con el compromiso de todos sus componentes sociales, políticos y religiosos, pueda afrontar este momento tan trágico y doloroso y, con la ayuda de la comunidad internacional, superar la grave crisis que está atravesando.


Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La pandemia sigue causando dolor y sufrimiento en toda la humanidad, sembrando muerte y un sinnúmero de enfermos. Además, muchas personas y familias viven un tiempo de incertidumbre por los problemas socioeconómicos que ha producido y que producen, y que golpean sobre todo a los más pobres.

Esta experiencia dramática nos invita a tener nuestra mirada puesta en Jesús que hace presente el Reino de Dios en medio de nosotros; reino que sana y que salva; reino de justicia y de paz, que se manifiesta con las obras de caridad que, a su vez, incrementan la esperanza y refuerzan la fe. Fe, esperanza y caridad que no son simples sentimientos o actitudes, sino virtudes infusas en nosotros por la gracia del Espíritu Santo, dones que nos curan y nos ayudan a curar a los demás, que nos abren nuevos horizontes aun en medio de las tempestades.

El Evangelio nos muestra a Jesús que sanaba a los enfermos, no sólo de sus padecimientos físicos, sino también de sus sufrimientos morales. Los sacaba de su aislamiento para que se incorporaran de nuevo en la comunidad. Lo vemos, por ejemplo, en la curación del paralítico de Cafarnaúm, pues Jesús no sólo lo libra de su parálisis, sino que le renueva la vida tanto a él como a sus amigos, a través de un encuentro personal y social.

 

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO

Biblioteca del Palacio Apostólico.

Miércoles, 5 de agosto de 2020

FUENTE: VATICAN_VA

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE “CURAR EL MUNDO”:

 

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 1. INTRODUCCION.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 2. FE Y DIGNIDAD HUMANA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 3 LA OPCION PREFERENCIAL POR LOS POBRES Y LA VIRTUD DE LA CARIDAD.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 4. EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES Y LA VIRTUD DE LA ESPERANZA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 5. LA SOLIDARIDAD Y LA VIRTUD DE LA FE.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 6 AMOR Y BIEN COMÚN.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 7 CUIDADO DE LA CASA COMÚN Y ACTITUD CONTEMPLATIVA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 8. SUBSIDIARIEDAD Y VIRTUD DE LA ESPERANZA.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO “CURAR EL MUNDO”: 9. PREPARAR EL FUTURO JUNTO CON JESUS QUE SANA Y SALVA.

sábado, 1 de agosto de 2020

¿QUIEN NOS SEPARARA DEL AMOR DE CRISTO?



PALABRA DE VIDA DE AGOSTO DE 2020

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,35).

La carta que el apóstol Pablo escribe a los cristianos de Roma es un texto extraordinariamente rico de contenido. En ella expresa la potencia del Evangelio en la vida de cada persona que lo acoge, la revolución que este anuncio acarrea: ¡el amor de Dios nos libera!

Pablo lo ha experimentado, y quiere ser testigo de ello con las palabras y con el ejemplo. Su fidelidad a la llamada de Dios lo llevará precisamente a Roma, donde podrá dar la vida por el Señor.


«¿Quién nos separará del amor de Cristo?»,

Poco antes Pablo había afirmado: «¡Dios está por nosotros!» (Rm 8, 31).

Para él, el amor de Dios por nosotros es el amor del Esposo fiel que nunca abandonaría a su esposa, a la cual se ha unido libremente con un vínculo indisoluble al precio de su propia sangre.

De modo que Dios no es un juez, sino más bien Aquel que se hace cargo de nuestra defensa.

Por eso nada puede separarnos de Él a través de nuestro encuentro con Jesús, el Hijo amado.

Ninguna dificultad que podamos encontrar en nosotros y fuera de nosotros, grande o pequeña, es insuperable para el amor de Dios. Es más, dice Pablo que precisamente en estas situaciones, quien se fía de Dios y se encomienda a Él sale «vencedor» (cf. Rm 8, 37).

En este tiempo nuestro de superhéroes y superhombres que pretenden vencer a toda costa con la arrogancia y el poder, la propuesta del Evangelio es la mansedumbre constructiva y el abrirse a las razones del otro.

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?».

Para comprender y vivir mejor esta Palabra puede ayudarnos lo que nos sugiere Chiara Lubich: «Sin duda creemos, o por lo menos decimos que queremos creer en el amor de Dios. Sin embargo, muchas veces [...] nuestra fe no es tan valiente como debería ser [...] en los momentos de prueba, por ejemplo, en las enfermedades o en las tentaciones. Es muy fácil que nos asalte la duda: "Pero ¿de verdad Dios me ama?': No puede ser; no debemos dudar. Tenemos que abandonarnos con confianza y sin reservas al amor del Padre. Tenemos que superar la oscuridad y el vacío que podamos sentir y abrazar bien la cruz. Y luego lancémonos a amar a Dios cumpliendo su voluntad, y a amar al prójimo. Si lo hacemos, sentiremos junto a Jesús la fuerza y la alegría de la resurrección. Palparemos hasta qué punto es cierto que todo se transforma para quienes creen y se abandonan a su amor: lo negativo se vuelve positivo; la muerte se convierte en fuente de vida y las tinieblas darán paso a una luz maravillosa».

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?»,

Incluso en medio de la lúgubre tragedia de la guerra, quienes siguen creyendo en el amor de Dios abren resquicios de humanidad: «Nuestro país se encuentra en una guerra absurda, aquí en los Balcanes. A mi escuadrilla venían también soldados de primera línea del frente, con muchos traumas porque veían a parientes y amigos morir ante sus ojos. No podía hacer otra cosa que amarlos uno a uno en lo que podía. En los poquísimos momentos de descanso, procuraba hablar con ellos de muchas cosas que uno tiene dentro en esas circunstancias, pero también llegamos a hablar de Dios, pues muchos de ellos no creían. En uno de estos momentos de escucha propuse llamar a un sacerdote para celebrar la misa. Todos aceptaron y varios de ellos se acercaron a la confesión después de 20 años. Puedo decir que Dios estaba allí con nosotros».

LETIZIA MAGRI


jueves, 2 de julio de 2020

PALABRA DE VIDA DE JULIO DE 2020.


«Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,50).
El Evangelio de Mateo cuenta un episodio de la vida de Jesús que puede parecer poco importante: su madre y sus familiares van a Cafarnaúm, donde Él se reúne con sus discípulos para anunciar a todos el amor del Padre. Probablemente han hecho un largo camino para verlo y desean hablarle. No entran en el lugar donde Jesús se encuentra, sino que mandan un mensaje: «Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte»,
La dimensión familiar era muy importante para el pueblo de Israel: el mismo pueblo era considerado «hijo» de Dios, heredero de sus promesas, y quienes pertenecían a este se consideraban «hermanos».
Pero Jesús abre una perspectiva inesperada: con un gesto solemne de la mano señala a sus discípulos y dice:
«Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial. ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»,
Jesús revela una dimensión nueva: cualquiera puede sentirse parte de esta familia si se esfuerza en conocer la voluntad del Padre único y en cumplirla.
Cualquiera: adulto o niño, hombre o mujer, sano o enfermo, de cualquier cultura y posición social. Cualquiera: cada persona lleva en sí la imagen de Dios Amor. Es más, cada persona es el tú de Dios, con el que puede entrar en una relación de conocimiento y amistad.
Así pues, cualquiera puede hacer la voluntad de Dios, que es el amor a Él y el amor fraterno. Y si amamos, Jesús nos reconoce como de su familia: sus hermanos y hermanas. Es la suerte más grande que tenemos, que nos sorprende: nos libera del pasado, de nuestros miedos, de nuestros esquemas. Desde esta perspectiva, incluso las limitaciones y debilidades pueden ser catapultas hacia nuestra realización. Realmente todo da un salto cualitativo.
«Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
En cierto modo podemos ser incluso madre de Jesús. Como María, que se puso a disposición de Dios desde el momento de la anunciación y hasta el Calvario y, más tarde, con el nacimiento de la Iglesia, también cada uno de nosotros puede dar a luz a Jesús en sí mismo una y otra vez, viviendo el Evangelio, y, por la caridad recíproca, contribuir a generar a Jesús en la colectividad.
Esa es la invitación que Chiara Lubich dirige a personas deseosas de vivir la Palabra de Dios: «”Sed una familia”: ¿Hay entre vosotros quienes sufren por pruebas espirituales o morales? Comprendedlos como una madre y más aún, iluminadlos con la palabra o con el ejemplo. No dejéis que les falte, es más, incrementad alrededor de ellos el calor de la familia. ¿Hay entre vosotros quienes sufren físicamente? Que sean los hermanos predilectos. [...] No antepongáis nunca ninguna actividad de ningún tipo [...] al espíritu de familia con los hermanos con los que vivís. Y adonde vayáis para llevar el ideal de Cristo [...], lo mejor que podéis hacer es tratar de crear con discreción y con prudencia, pero con decisión, el espíritu de familia, que es un espíritu humilde, que quiere el bien de los demás, que no se envanece...; que es, en fin, la caridad verdadera».
«Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Cada uno de nosotros puede descubrir en la vida diaria la tarea que el Padre le encomienda para formar la gran familia humana.
En un barrio de Horns, en Siria, más de ciento cincuenta niños mayoritariamente musulmanes acuden a las clases extraescolares organizadas en un colegio de la iglesia ortodoxa griega. Cuenta Sandra, la directora: «Ofrecemos acogida y ayuda mediante un equipo de profesores y expertos, en un clima de familia basado en el diálogo y en promover valores. Muchos niños están marcados por traumas y por el sufrimiento. Unos se muestran apáticos, otros agresivos. Deseamos reconstruir la confianza en ellos y en los demás. La mayoría de las familias están desmembradas a causa de la guerra, y aquí encuentran la fuerza y la esperanza de volver a empezar».
LETIZIA MAGRI

lunes, 1 de junio de 2020

PALABRA DE VIDA DE JUNIO DE 2020.


«Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10, 40).
El Evangelio de Mateo relata en este capítulo cómo elige Jesús a los Doce y cómo los envía a predicar su mensaje.
Son nombrados uno a uno, señal de la relación personal que han construido con el Maestro, al que han seguido desde que comenzó su misión. Han conocido su estilo, basado sobre todo en su cercanía a los enfermos, los pecadores y los considerados endemoniados: todas personas descartadas, víctimas de un juicio negativo y de las que alejarse. Solo después de estos signos concretos de amor por su pueblo, Jesús se prepara para anunciar que el Reino de Dios está cerca.
Así pues, los apóstoles son enviados en nombre de Jesús, como sus «embajadores», para acogerlo a Él a través de ellos.
Con frecuencia, los grandes personajes de la Biblia que abren el corazón ante un huésped inesperado, que no entra en sus planes, reciben de ese modo la visita de Dios mismo.
Hoy en día, sobre todo en culturas que mantienen fuertes lazos comunitarios, el huésped sigue siendo sagrado, aunque sea desconocido, y se le reserva un lugar principal.
«Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado».
Jesús enseña a los Doce: deben ponerse en camino, con los pies descalzos y con poco equipaje: una alforja ligera, una sola túnica... Deben dejar que los traten como a huéspedes, estar dispuestos a aceptar las atenciones de los demás con humildad; ofrecer gratuitamente ayuda y cercanía a los pobres y dejar a todos la paz como regalo. Como Jesús, serán pacientes ante la incomprensión y la persecución, seguros de que el amor del Padre los asistirá.
De este modo, quien tenga la suerte de encontrarse con alguno de ellos podrá experimentar en verdad la ternura de Dios.
«Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado».
Todos los cristianos tienen una misión como discípulos: testimoniar con mansedumbre, primero con la vida y luego también con la palabra, el amor de Dios que ellos mismos han conocido, para que se convierta en una gozosa realidad para muchos, para todos. Y ya que han encontrado acogida ante Dios a pesar de sus fragilidades, su primer testimonio será precisamente acoger con delicadeza a los hermanos.
En una sociedad donde lo más normal es buscar el éxito y la autonomía egoísta, los cristianos están llamados a mostrar la belleza de la fraternidad, que reconoce que nos necesitamos unos a otros y activa la reciprocidad.
«Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado».
Esto escribe Chiara sobre la acogida evangélica: «[...] Jesús ha sido la manifestación del amor plenamente acogedor del Padre del cielo por cada uno de nosotros y del amor que deberíamos tener, en consecuencia, unos con otros. [...] Por eso, procuremos vivir esta Palabra de vida ante todo en nuestras familias, asociaciones, comunidades y grupos de trabajo, eliminando en nosotros juicios, discriminaciones, prevenciones, resentimientos e intolerancias hacia este o aquel prójimo, tan fáciles y frecuentes y que tanto enfrían y comprometen las relaciones humanas e impiden el amor mutuo, bloqueándolo como la herrumbre. [...] Acoger al otro, al distinto a nosotros, es la base del amor cristiano. Es el punto de partida, el primer peldaño para construir esa civilización del amor, esa cultura de comunión a la que Jesús nos llama sobre todo hoy».
LETIZIA MAGRI

viernes, 1 de mayo de 2020

PALABRA DE VIDA DE MAYO DE 2020.


«Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado» (Jn 15,3).
Después de la última cena con los apóstoles, Jesús sale del Cenáculo y se encamina al Monte de los Olivos. Lo acompañan los Once: Judas Iscariote ya se ha ido, y pronto lo traicionará.
Es un momento dramático y solemne. Jesús pronuncia un largo discurso de despedida: quiere decir cosas importantes a los suyos, entregarles palabras que no olviden.
Sus apóstoles son judíos, conocen las Escrituras, y a ellos les recuerda una imagen muy familiar: la planta de la vid, que en los textos sagrados representa al pueblo hebreo, objeto de preocupación de Dios como su labrador atento y experto. Ahora el propio Jesús (cf. Jn 15, 1-2) habla de sí mismo como vid que transmite la savia vital del amor del Padre a sus discípulos. Y ellos deben preocuparse sobre todo de permanecer unidos a Él.
«Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado».
Un modo de permanecer unidos a Jesús es acoger su Palabra. Esta permite a Dios entrar en nuestro corazón para «purificarlo», es decir, limpiarlo del egoísmo y hacerlo apto para dar frutos abundantes y de calidad.
El Padre nos ama y sabe mejor que nosotros qué nos hace ligeros y libres para caminar sin el peso inútil de nuestros apegos, de juicios negativos, del buscar con afán nuestro interés, de hacernos la ilusión de tener todo y a todos bajo control. En nuestro corazón también hay aspiraciones y proyectos positivos, pero que podrían ocupar el lugar de Dios y hacernos perder el arrojo generoso de la vida evangélica. Por ello Él interviene en nuestra vida a través de las circunstancias y permite a veces experiencias dolorosas, tras las cuales se esconde siempre su mirada de amor.
Y el fruto sabroso que el Evangelio promete a quienes se dejan escamondar por el amor de Dios es la plenitud de la alegría. Una alegría especial que florece también entre lágrimas desborda del corazón e inunda el terreno circundante. Es un pequeño anticipo de la resurrección.
«Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado».
Vivir la Palabra nos hace salir de nosotros mismos e ir con amor al encuentro de los hermanos, comenzando por los más cercanos: en nuestras ciudades, en la familia, en el entorno en que vivimos. Es una amistad que se transforma en una red de relaciones positivas y que tiende a hacer realidad el mandamiento del amor recíproco, que construye la fraternidad.
Meditando en esta frase del Evangelio, escribe Chiara Lubich: «Entonces, ¿cómo vivir para merecer también nosotros el elogio de Jesús? Poniendo en práctica cada Palabra de Dios, nutriéndonos de ella a cada instante, haciendo de nuestra existencia una obra de reevangelización continua. Para llegar a tener los mismos pensamientos y sentimientos de Jesús, para revivirlo en el mundo, para mostrar, a una sociedad atrapada con frecuencia en el mal y en el pecado, la divina pureza, la transparencia que da el Evangelio.
»Además, durante este mes, si es posible (si los demás comparten nuestras intenciones), procuremos poner en práctica en particular esa palabra que expresa el mandamiento del amor recíproco. Pues para el evangelista Juan [...] hay un vínculo entre la Palabra de Cristo y el mandamiento nuevo. Según él, en el amor recíproco es donde se vive la palabra con sus efectos de purificación, de santidad, de impecabilidad, de fruto, de cercanía con Dios. El individuo aislado es incapaz de resistirse largo tiempo a las incitaciones del mundo, y en cambio en el amor mutuo encuentra el ambiente sano capaz de proteger su existencia cristiana auténtica».
LETIZIA MAGRI